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Historia del Athlétic Club. El fútbol ya no es lo que era.

Se iban imponiendo las tácticas venidas de América. Es la época en que todo equipo que se preciara jugaba con un 4-3-3 (un delantero centro y dos extremos), o en ocasiones con un 4-4-2 en línea con dos medio centros (la cursilería del “doble pivote” es un invento posterior), o sólo con uno por delante de la defensa y otro entre líneas asistiendo a los delanteros (puesto al que pronto se llamaría "falso punta" o "media punta"). Es la época en que todavía había dos extremos, uno por cada banda, lo que le daba un poco de aire fresco a las teorías del fútbol-fuerza.

En Europa un grupo de jugadores se hicieron famosos y situaron a su nación, Holanda, en la élite del fútbol mundial. Su mérito fue haber inventado aquello que se dio en llamar el "fútbol total". Para la aplicación práctica de este principio contaron los holandeses con uno de los mejores jugadores de la historia: Johann Cruyff.

Y mientras esto sucedía, resultó que los primeros 70 fueron razonablemente buenos para el Athlétic. Se notaba que iba cuajando el grupo de jugadores con que contaba el equipo. Se ganó una Copa y se consiguió jugar la Copa de la UEFA (sustituta de la Copa de Ferias) durante cuatro temporadas consecutivas.

Final de la Copa del Rey del año 1973. Encabeza el equipo Dani. Detrás de él, con barba, Guisasola.

El punto álgido de estos años llegó en 1977. Ese año el Athlétic jugó la final de la UEFA contra la Juventus. La ilusión de la afición fue enorme, teniendo en cuenta que el Athlétic había tenido resultados modestos en las competiciones internacionales. Ésta podía ser la ocasión perfecta. Lamentablemente, no lo fue. La Juventus ganó la Copa de la UEFA gracias al valor doble del gol en campo contrario que metieron en San Mamés. Chechu Rojo lloró amargamente sobre el césped al final del partido y con él varios miles de aficionados.

Puedes ver aquí un reportaje (en italiano) sobre la final de la UEFA del año 77:

Actualizado: El vídeo ya no está disponible para insertarse en páginas web, pero puede aún verse aún en YouTube, aquí.

Sobre el césped de San Mamés posan los 16 jugadores convocados para el partido de vuelta de la final de la UEFA.

Los años que siguen estuvieron en la línea previa al 77.

Plantilla del Athlétic Club, temporada 1977-1978. Del póster oficial de ese año.

Aquí, una disgresión sobre un tema importante. Durante los años 60 y primeros 70 los clubes de fútbol (menos la Real Sociedad y el Athlétic) ficharon jugadores extranjeros. Su número era limitado por las reglas de la competición. Pero eso no era suficiente para clubes que necesitan futbolistas que les dieran dinero (igual que ahora). Entonces se inventaron lo de los “oriundos”, es decir, jugadores con pasaporte extranjero pero de padres o ascendencia española, o incluso nacidos en España aunque luego criados en otras tierras, y por tanto, jugadores de fútbol que no ocuparían plaza de extranjeros. Precioso. Así empiezaron a aparecer como hongos brasileños, argentinos y africanos de padre alicantino, o abuelos de Segovia, o incluso nacidos en Ciudad Real aunque nadie se acordaba. Tanta coincidencia mosquearon a la Real y al Athlétic, que tiraron de la manta y se encuentraron con un espectáculo precioso: falsificación de partidas de nacimiento, de bautismo, de pasaportes, declaraciones juradas de paternidad de difuntos años antes de que naciera su presunto retoño... y unos clubes de fútbol que TODOS, y lo repito, TODOS, menos los dos que ya sabemos, habían cerrado los ojos. 

Escándalo monumental, lamentos en todos los clubes que vieron por un momento la posibilidad de perder títulos, categoría y muchos millones. La honra ya la habían perdido, pero eso les daba igual. La Federación montó una comisión investigadora (¡estupenda manera de averiguar las cosas!) que fue rumiando el tema, leeeeeentamente. Justo hasta que pasó lo que esperaban: murió Franco, S.M. el Rey Juan Carlos accedió al Trono, y promulgó una amnistía general. Que también cubrió a los clubes de fútbol. Así que la comisión investigadora se despertó, concluyó que en efecto se había hecho trampa, pero que no se podía sancionar a nadie, y que adiós al tema. La escena debió ser algo así como “que sí, que sí, que tienes razón, que se hizo trampa, pero, hombre, si el Rey ha dado un perdón... no podemos ir contra el Rey. Así que nada, pelillos a la mar y a seguir jugando.”

No era la primera vez que un Rey de España era usado como excusa para tapar las mierdas del fútbol español, recuérdese lo de la Copa de 1911. 

Lo dicho, el fútbol ya no es lo que era. O quizá sí. Cambien “oriundos” por “comunitarios B” a ver si les suena. 

La vida sigue. Los jugadores de la final de la UEFA fueron despidiéndose del equipo (Rojo, Irureta, Iríbar...), pero aparecieron otros, los que podríamos llamar la primera promoción de Lezama. Así, junto a unos consolidados Dani y Carlos jugaron Alexanco (un defensa central de rompe y rasga que luego fue fichado por el Barcelona; su puesto fue cubierto por Andoni Goicoechea), Churruca, Urquiaga, un tal Estanislao Argote que tenía un toque de balón que maravilla, Sarabia, el nuevo goleador del equipo, Zubizarreta, y otros. 

Al Athlétic Club se le atragantaban las teorías futbolísticas de los entrenadores extranjeros que llegaron al club. Así que recurrió a hombres de la casa. Primero a Iñaqui Sáez (seleccionador nacional durante la EuroCopa de Portugal en 2004, y durante muchos años seleccionador de selecciones de edades inferiores, con una buena cosecha de éxitos) y luego... 

En 1981 sucedió una revolución pero nadie se dio cuenta. Javier Clemente fue nombrado entrenador del club. Se trataba de un hombre de la casa, curtido como entrenador en las categorías inferiores, antiguo jugador del club que ya con 17 años vistió los colores de la camiseta nacional y al que una grave lesión apartó para siempre de jugar al fútbol. Nadie le conocía salvo la gente de dentro de la casa. Y nadie sabía qué será capaz de hacer. 

Con Clemente al mando, y con la plantilla de jugadores que más o menos ya he enumerado, el Athlétic encaró la temporada 82-83, y ganó la Liga. Al año siguiente, como en los buenos tiempos, se superó el club a sí mismo: doblete de Liga y Copa. Y aquí hay algo más que decir. 

En la temporada 83-84 tuvieron lugar dos de las peores agresiones del fútbol español hasta la fecha. Primero, Andoni Goicoechea se llevó por delante a Diego Armando Maradona de manera inexcusable. Luego, en la final de Copa entre el Athlétic y el Barcelona Bernd Schuster (entrenador del Real Madrid a partir de la temporada 2007/20008) se dedicó a torcer tobillos rojiblancos, y Diego Armando Maradona se llevó por delante a Miguel Sola. Se lió una gresca monumental sobre el césped, con el partido ya acabado, en la que, entre otras cosas, Migueli repartió recuerdos entre los jugadores del Athlétic (con persecución detrás de ellos incluida) hasta que Patxi Salinas le plantó los tacos de la bota en la espalda. Espectáculo vergonzoso que transformó una fiesta del fútbol, la final de la Copa del Rey entre dos de los grandes e históricos de nuestro fútbol, en una batalla campal. Inexcusable.

Por eso yo, de esta temporada, prefiero guardar el recuerdo de la victoria contra la Real Sociedad en San Mamés que nos dio el título de Liga. No sólo por la victoria en sí, sino porque en ese partido Íñigo Liceranzu marcó los goles 2.999 y 3.000 del Athlétic en la competición. Mejor broche para cerrar el triunfo, imposible.

El resumen de los títulos puede verse aquí:

Volvió a repetirse la vieja historia: la generación de futbolistas del doblete se fue retirando poco a poco o acabó en otros clubes. 

Ésa es la maldición de los clubes de cantera. Como todavía no se pueden producir humanos en serie, o por lo menos en Lezama no se puede, nadie puede garantizar la presencia de “cracks” de forma continua en la primera plantilla. Cuando una generación de futbolistas se retira, o se marcha a otro sitio, nadie puede garantizar que los que vienen sean de la misma o mayor calidad. Y si lo son, lleva años hacerlos madurar. 

Así que tras una nueva final de Copa en el 84 (en la que se perdió frente al Atlético de Madrid), el club inició una de las peores rachas de resultados de su historia hasta llegar a la famosa Liga del “play-off” en que nos vimos en el grupo de los que se jugaron escapar del descenso. Que escapamos, claro, pero el apuro y el susto fue grande.

Pasaron unos años en los que el club no pareció encontrar su rumbo en lo deportivo, y pese a los entrenadores que se sucedieron, no hubo manera de enderezar la situación.

Estos años, mediados de los 80, vieron a otros clubes más desorientados aún, pero por otras causas. 

¿Pensaban ustedes que los escándalos de nuestro fútbol se limitaban a lo de los “oriundos”? Pues si eso pensaban, sepan que el récord estaba aún por llegar. 

Sucedió que los clubes españoles (salvo dos) se habían gastado hasta lo que no tenían, que estaban endeudas hasta las cejas, y que aunque vendieran todos los bienes activos, todos ellos, salvo cuatro, seguirían debiendo dinero (esto es lo que en términos mercantiles se llama “situación de quiebra”). Claro, llegó un punto en que hasta los mismos directivos se asustaron porque se veían en la cárcel y pasando a la historia como liquidadores de clubes gloriosos. 

Entonces astutamente comienzaron a desplegar su operación de salvamente. Yo lo cuento como entiendo que fue. Se dedicaron a llorarle al Gobierno y a los Ayuntamientos (Diputaciones Provinciales, Comunidades Autónomas, y en general cualquier Administración pública que estuviera a tiro), y a presionarlos todo lo que pudieron, para que de la Hacienda Pública saliera el dinero que pagara todas esas deudas. Y lo lograron a través del llamado Plan de Saneamiento. El Gobierno les pidió sus cuentas (las de verdad) a los clubes, auditó su estado financiero, y habilitó dinero de nuestros impuestos para sufragar las deudas. Claro que a cambio, como quien concede un gran favor, los clubes aceptaron convertirse en Sociedades Anónimas Deportivas y aceptaron, con la boca pequeña, como se vio luego, que todos los años se les auditase el estado económico, de manera que el que tuviera deudas no avaladas por el capital social de la S.A.D. sería descendido.

De convertirse en S.A.D. sólo se libraron los clubes que no estaban en quiebra: Real Madrid, Barcelona, Atlético Osasuna y Athlétic Club. 

Estos dos últimos, además, no tenían deudas, y se indignaron enormemente por el trato que el Gobierno daba a los clubes. Cuanto más manirroto se había sido, tanto más dinero se recibía. Visto el panorama, el Athlétic negoció con el Gobierno que los 492 millones de pesetas que había costado remodelar San Mamés para los Mundiales del 82, y que habían sido asumidos íntegramente por el club, fueran también sufragados con dinero público. La respuesta fue no. La moraleja que sacó la Directiva del Athlétic era que había que ser un sinvergüenza para recibir dinero del Plan de Saneamiento. Y por ahí no estaban dispuestos a pasar. 

El modo de gestionar el Athlétic Club había sido un rasgo un tanto diferenciador frente a otros clubes, pero en este año maravilloso del Plan de Saneamiento se convirtió en otra de las señas del club, frente a las S.A.D. y los clubes manirrotos, que no tardarían mucho en volver a las andadas. 

Entrada para San Mamés, de la segunda mitad de los años 80. Uno de mis recuerdos personales.

Volvamos a lo deportivo. Con todo este jaleo y los malos resultados no es de extrañar que el Athlétic anduviera desorientado. La Directiva trató de paliar los resultados deportivos con fichajes. Así, llegaron al Athlétic jugadores como Iturrino, Uralde, y más tarde Loren, que formaron plantilla junto con la nueva hormada de jugadores de Lezama: Urrutia, Garitano y Andrinúa, entre otros. Por desgracia, estos fichajes no rindieron lo que se esperaba. Peor aún, el Athlétic cayó en la cuenta de que para él, con su política de plantilla, los fichajes tenían una inflación especial. Cuando se intentó fichar a Beguiristain y a Jon Andoni Goicoechea se vio claro que o el club tenía que endeudarse o renunciar a ellos frente a clubes que sí estaban dispuestos a generar deuda pagando una millonada por un jugador. Como eso chocaba con la política de gestión del club, hubo que renunciar. Y además, como todos los presidentes de clubes conocían cual era la política de cantera del Athlétic y sabían que por tanto el número de jugadores potencialmente fichables era reducido, rápidamente se agarraban a las cláusulas de rescisión. O la pagas o no hay jugador. Y como no hay alternativas a este jugador porque no hay otros que sean adecuados según la política del Athlétic, la duda estaba en si pasar por el aro o no, generar deuda o aguantarse sin refuerzos. 

La segunda mitad de los años 80 y primeros 90 fueron duros para el club por estas razones. El nivel competitivo se mantenía más o menos estable gracias a las aportaciones de Lezama, pero sólo eso no podía llevar hasta una final. 

A mediados de los 90 la situación del fútbol español degeneró rápidamente. La entrada del dinero de las “plataformas digitales” alivió momentáneamente la situación económica de las S.A.D. que estaban otra vez gastando lo que no tenían. Pero provocó una inflación asombrosa en el precio de los fichajes. 

En 1992 llegó al Athlétic Club como entrenador Jupp Heynckes. Este alemán es uno de los mejores entrenadores que ha tenido el club en su historia. Heynckes pudo disponer de una plantilla con jugadores experimentados (Andrinúa, Valverde, Garitano, Mendiguren), a los que se sumaron fichajes que hicieron al club más potente: Ziganda, el nuevo goleador del club, Larráinzar y Bittor Alkiza, un lujo de jugador que por cuestiones personales tuvo que marchar de su equipo de siempre (la Real Sociedad) para demostrar lo bueno que era jugando al fútbol. Detrás venía empujando fuerte una nueva generación de jugadores: Aitor Karanka, Larrazábal, y sobre todo un joven de 17 años llamado Julen Guerrero al que precisamente Heynckes hizo debutar en Primera División y vaticinó de él que sería una estrella. 

Con esta plantilla el Athlétic recuperó un poco el aliento y mejoró sus clasificaciones en la Liga. 

La marcha de Heynckes en el 94 se acusó bastante, y el nivel de juego, y los resultados, empeoraron en consecuencia, hasta llegar a un punto ridículo en la temporada 95-96, de la mano de un entrenador que no se sabía si lo era de fútbol o de petanca. 

La cosa no iba muy bien pese a que el nivel de la plantilla era en general bastante bueno, algo que puede medirse en términos de jugadores llamados a la selección nacional y en el resultado de los goleadores. Pero la cosa no carburaba del todo. 

Llegó entonces a San Mamés un entrenador peculiar, el francés de Tarifa, Luis Fernández, un hombre de gran simpatía y también de gran conocimiento de fútbol. Con Luis las cosas se enderezaron un poco. La plantilla se reforzó con fichajes como el de Urzáiz (un delantero recio y fuerte, y además con un toque de balón preciso) y el de Bixente Lizarazu, el primer jugador francés en la historia del Athlétic, un lateral izquierdo de los mejores del mundo. Lamentablemente, este pájaro voló rápidamente de Bilbao a Munich. Antes se había fichado a Joseba Etxebarría, que es quizá el mejor extremo derecho del fútbol español actual. Entonces tenía 17 años y ya prometía. 

Joseba Etxeberría y Julen Guerrero celebran un gol del segundo. San Mamés, año 1998.

Con Luis Fernández la Liga se dio un poco mejor. La primera temporada de Luis se consiguió plaza en la UEFA, y en la siguiente, año 98, se consiguió plaza en la Liga de Campeones, con subcampeonato de Liga incluido, el mejor resultado del Athlétic desde entonces. 

En ese año mágico, 1998, el club celebró su primer centenario. Quien lo diría. De un centenario puede esperarse que esté lleno de achaques. Pero el Athlétic se mantiene fresco, sin deudas, con una plantilla equilibrada y potente que precisamente ese año volvió a ilusionar a la afición. Además, y esto es importante, las tradiciones en que se basa el club y que son las que le hacen identificable se conservan vivas. No se trata de recuerdos apolillados del pasado, sino de un modo de ser y comportarse que se mantiene sano: la cantera, los jugadores de la tierra, la gestión austera, el señorío en el saber estar... 

El congreso de peñas del Centenario tuvo lugar en Bilbao. Aún me acuerdo del Teatro Arriaga repleto de peñistas, y del Parque Etxeberría a rebosar de gente que había acudido al hermanamiento de las peñas. Todavía me acuerdo de la estupenda conversación que mantuve con mis vecinos de mesa, los de la peña del Athlétic de San Sebastián (esos sí que tienen mérito). Y como guinda sobre la tarta, San Mamés remodelado sin las vallas de protección, en un partido que ganamos 3 a 0 y que nos permitió ocupar plaza de Liga de Campeones por primera vez en la temporada.

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