Capítulo 1. Preludio a la campaña: los planes y la estrategia hasta el 22 de julio de 1809

Claves de los mapas

(1) Si se trata de un Cuerpo de Ejército (CE), en el centro de la bandera se indica su número en cifras romanas.

(2) Si se trata de una fuerza permanente, en el centro de la bandera se indica la unidad.

El símbolo (Ejército, Cuerpo de Ejército, etc.) de una fuerza no presupone que sea de mayor tamaño que una fuerza de inferior entidad.

1.- El punto de partida. 

El origen del diseño de la campaña del Tajo en 1809, que culminaría en los combates de Talavera, Puente del Arzobispo y Almonacid, se remonta a abril de 1809. En esa fecha llegó a Lisboa el comandante en jefe de la fuerza expedicionaria británica en la Península, sir Arthur Wellesley, más tarde lord Wellington. Sus tropas le habían precedido en pocos días. Al llegar a Lisboa (22 de abril de 1809) se encontró que le estaban esperando cartas del general Cuesta, comandante en jefe de los dos ejércitos españoles de Extremadura y La Mancha. El general Cuesta le indicaba a Wellesley la conveniencia de sumar las fuerzas aliadas en el valle del Tajo para un esfuerzo conjunto contra el enemigo francés. Esta idea era consecuente con el principio del arte de la guerra de golpear al enemigo francés allí donde pudieran concentrarse el grueso de las tropas propias. Y a Wellesley le gustó el proyecto, aunque supeditó el inicio de la maniobra a conseguir antes otro objetivo militar. 

Las instrucciones que tenía Wellesley subordinaban cualquier operación en España a asegurar la defensa de Portugal. Sin embargo, dentro de esta idea general, dejaban amplia libertad para que el general británico escogiera la mejor manera de cumplir con el objetivo. En el momento en que Wellesley puso pie en Lisboa, prácticamente todo Portugal al norte del río Duero se encontraba en manos del mariscal francés Soult, que tenía su cuartel general en Oporto.

Situación militar en el centro y oeste de la península Ibérica a finales de abril de 1809. La fuerza relativa de las grandes unidades representadas es la que sigue:

1.- Británicos y portugueses 

 

-    Wellesley – 17.000 hombres (británicos en su mayoría)

-    Beresford – 6.000 hombres (británicos y portugueses)

-    Mackenzie – 12.000 hombres (británicos y portugueses)

-    Wilson – 2.000 hombres (británicos y portugueses)

-    Silveira – menos de 10.000 hombres (portugueses) 

 

2.- Franceses

 

-    Ney (2º CE) – unos 20.000 (algo menos de 10.000 en las guarniciones de Galicia y el resto disponible para la maniobra)

-    Soult (6º CE) – unos 24.000

-    Kellerman – unos 7.000

-    Victor (1er CE) – 20.000

-    Sebastiani (4º CE) – 22.000

-    Mortier (5º CE) – 22.000 menos las fuerzas de Kellermann

-    Reserva (en Madrid, a las órdenes de José Bonaparte) – 7.000

 

Las flechas de color negro indican fuerzas destacadas del CE principal. En el caso de Soult estas fuerzas tenían como misión mantener abiertas las líneas de comunicaciones hacia el Miño por Braga y Valença, y mantener controlado a Silveira. Una dispersión de fuerzas fatal para su CE cuando tuvo que enfrentarse a Wellesley.

 

3.- Españoles

 

-    “Ejército de Galicia” (La Romana, luego Mahy) – menos de 10.000

-    “División del Miño” (Morillo, luego Noroña) – menos de 10.000

-    “Ejército de Asturias” (Ballesteros) – menos de 15.000

-    Ejército de Extremadura (Cuesta) – menos de 15.000

-    Ejército de La Mancha (Venegas) – menos de 12.000

La respuesta de Wellesley a Cuesta fue afirmativa, aunque antes de comenzar las operaciones conjuntas en el valle del Tajo iba a enfrentar y a pelear contra los franceses en el norte de Portugal. Además, ésta era una ocasión excelente para templar y organizar a su ejército expedicionario, puesto que estas fuerzas no habían peleado nunca como unidad, ni tampoco a las órdenes del propio Wellesley. 

Esta dilación en el comienzo de la campaña le venía también muy bien a Cuesta. Los dos ejércitos bajo su mando (el de Extremadura y el de La Mancha) habían sido derrotados separadamente en las batallas de Medellín (28 de marzo) y Ciudad Real (27 de marzo), sufriendo importantes bajas, especialmente el Ejército de Extremadura, al mando directo de Cuesta. Era preciso por tanto reclutar nuevas tropas, adiestrarlas, equiparlas, y encuadrarlas dentro de los dos ejércitos. Ya antes de que Cuesta esbozara su idea de campaña a Wellesley el 4 de abril la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino reorganizó el cuadro de mandos con vistas a la inminente batalla. El conde de Cartaojal, anterior comandante del Ejército de La Mancha, fue sustituido por el general Francisco Javier Venegas el día 3 de abril. En cambio, la Junta consideró que Medellín había sido más un caso de mala suerte, y en consecuencia no sólo no destituyó a Cuesta de su mando, sino que además el 4 de abril colocó a sus órdenes, a través de Venegas y su Estado Mayor, al Ejército de La Mancha. 

En sus bases de la provincia de Badajoz las tropas de Cuesta fueron reforzadas por unidades ya encuadradas procedentes de La Mancha (puesto que se consideró que el Ejército de Extremadura era el que iba a desarrollar el principal esfuerzo militar; por otro lado, el de La Mancha había sufrido un número menor de bajas) y de Andalucía. 

Es muy importante tener en cuenta y apreciar el enorme esfuerzo que representaba esta puesta a punto de los dos ejércitos porque sólo de esa manera puede entenderse la magnitud del esfuerzo de guerra que soportaba España. 

En primer lugar, la recluta de nuevas tropas quedaba limitada a las regiones fuera del control francés, que en el caso de esta campaña eran Extremadura (y no toda) y Andalucía. Las regiones situadas fuera de la Península (Canarias, los Presidios del Norte de África, y la América española) no contribuían con personal, salvo en un porcentaje muy pequeño, aunque a cambio el esfuerzo financiero que hacían era notable. En consecuencia, la base de reclutamiento era reducida. Incluso hay que tener en cuenta que las provincias de Jaén y Córdoba aún no se habían recuperado de la depredación y saqueos franceses sufridos el verano anterior durante la campaña de Bailén. Aún así, de esta escasa retaguardia salieron casi 20.000 soldados nuevos para la campaña del Tajo. Además (y esto no suele tenerse en cuenta) también de estas regiones salieron varios miles de caballerías para los ejércitos, desde caballos de guerra y monta para las tropas de caballería y los oficiales con mandos, hasta acémilas de tiro y arrastre para la artillería y bagajes. Bien es cierto que la calidad de los caballos de guerra nunca fue demasiado alta, y el número de animales para tiro y arrastre no fue tan grande como lo que se necesitaba. 

En segundo lugar hay que tener en cuenta que los depósitos, arsenales y cuarteles, tras un año de guerra continua, estaban agotados, por lo que no existían ya reservas de armas y equipos militares para los nuevos reclutas. Estas carencias pueden parecer de poca importancia a un lego. Quizá haya quien piense que un arma y su munición es suficiente para un soldado. Esto significa no tener presente que los soldados en campaña vivían sobre el terreno y tenían que proveer de los medios para su subsistencia: mochilas, herramientas para cocinar, herramientas para limpiar el mosquete, mantas, calzado, ropa de repuesto, tiendas de campaña… Y no tener en cuenta además que el uniforme es tanto un signo distintivo como una ropa de trabajo. Entonces, como ahora, un individuo armado sin uniforme no es considerado un soldado, sino un “insurgente”, y por tanto, no es sujeto de ningún derecho de guerra. Es decir: se le puede fusilar en el acto sin proceso. 

En consecuencia, el esfuerzo para vestir, equipar y armar a varios miles de soldados con tan poca retaguardia es un logro que no cabe escatimar a la Junta, con la ayuda de: los españoles de América, que aportaron varios millones de reales al esfuerzo de guerra; la población femenina de la retaguardia, que tejió toda la ropa y uniformidad que pudo, y aún más; y la ayuda británica, que aportó varios miles de prendas de uniforme, calzado, armas, y otros abastecimientos, incluyendo dinero en metálico. 

En estas circunstancias es comprensible que la uniformidad y el equipo, sobre todo lo primero, dejaran que desear, especialmente a los ojos de los mandos británicos, cuyas tropas presentaban mucho mejor aspecto. 

Finalmente, hay que tener en cuenta que una vez armado y equipado el militar, ha de ser adiestrado y posteriormente encuadrado en una unidad operativa. Tanto para lo uno como para lo otro se necesitan mandos experimentados. Desgraciadamente ambos ejércitos españoles andaban escasos de ello, a causa de las bajas en los combates previos. Mientras que un mosquete estropeado podía reemplazarse por otro, si lo había, la experiencia no puede improvisarse. Por esta razón el estado de la disciplina de las tropas recién alistadas no era el mejor, en contraste con la profesionalidad de los recién llegados británicos, en cuyo ejército, además, la norma era que “la disciplina con sangre entra”.

2.- Una pequeña y provechosa campaña. 

Con todas estas carencias no es de extrañar que Cuesta agradeciera disponer de tiempo para poder reconstruir la fuerza de sus tropas antes de comenzar la campaña prevista. 

Mientras los mandos españoles realizaban estas tareas de organización, las tropas británicas se concentraban al norte de Lisboa (24-29 de abril), y una vez reunidas (29 de abril-2 de mayo) Wellesley ordenó comenzar la ofensiva contra Soult. Mientras él mismo fijaba la atención de los franceses avanzando por la ruta costera, su subordinado el general Beresford (auxiliado por un cuerpo portugués al mando del general Silveira) forzaba el cruce del río Duero aguas arriba el 11 de mayo. Soult tenía sus tropas demasiado dispersas, y por si fuera poco el cruce de Beresford le impedía concentrar las que tenía a su alcance. En consecuencia, cuando Wellesley forzó también el cruce del Duero el 12 de mayo, amenazando directamente Oporto, Soult ordenó una retirada. Con sus rutas de repliegue cortadas por las fuerzas británicas y por la actividad de guerrilleros a uno y otro lado de la frontera, a Soult no le quedó más remedio para salvar a su cuerpo de ejército que dejar atrás su bagaje, material pesado (artillería y armones entre otras cosas) y equipo superfluo, y ordenar marchas forzadas por las sierras que separan Portugal de la provincia de Orense, con un tiempo lluvioso y desapacible. Soult no sabía que al llegar a Orense (19 de mayo) ya se encontraría a salvo, puesto que Wellesley no pretendía seguir la campaña en el valle del Miño sino en el del Tajo. Y en efecto, apenas seguro de que Soult se había ido para no volver, Wellesley volvió a concentrar su atención en el diseño de una campaña conjunta con los dos ejércitos al mando de Cuesta como aliados en el centro de la Península. 

La situación militar en la tercera semana de mayo de 1809.

Los franceses atacaron Asturias desde tres frentes. Este formidable asalto pudo haber destruido por completo a las fuerzas de Ballesteros, de no ser porque éste prefirió rehuir el combate parapetándose en las defensas naturales de la peña de Covadonga. de esta manera logró salvar sus fuerzas para otras misiones de mayor utilidad.

Pisando los talones de Ney, Mahy pensó que la ocasión era buena para con sus reducidas fuerzas cortar las comunicaciones de Ney con sus bases. El punto clave era la ciudad de Lugo. Sin embargo, la aparición de Soult estuvo a punto de sorprenderle entre dos fuegos.

Las fuerzas británicas se detienen en la frontera entre España y Portugal. Wellesley dispone de dos masas de maniobra: su propio Ejército de Portugal, y la reunida a las órdenes de Beresford, que incluía las tropas portuguesas de Silveira y las tropas de Wilson. Una fuerza considerable en número. En estas condiciones (ninguna fuerza francesa en Portugal, y Soult en franca retirada), Wellesley podía considerar cumplidas las órdenes de proteger Portugal.

Puede observarse el "hueco" del valle del Duero, en el que sólo están las tropas de Mortier (disminuidas por el destacamento de Kellermann) para cubrir un posible ataque en dirección a la carretera que una Madrid con Francia vía Burgos, o para proteger Madrid desde el norte. Las bases aliadas, apoyadas en las fortalezas de Almeida y Ciudad Rodrigo, eran idóneas para intentar cualquiera de las dos cosas.

Esta (relativa) desprotección de Madrid por el norte causó gran ansiedad a José y a Jourdan, por lo que los dos prefirieron tener a Mortier lo bastante a mano para cubrir esta posibilidad, y sólo secundariamente una amenaza en dirección a Valladolid y Burgos. Claro que al hacer las cosas así, dejaron al grueso del Vº CE sin intervenir en ninguna parte.

Soult se aprovecharía de esta circunstancia de ansiedad por Madrid para justificar su retirada de Galicia sin más pruebas de maniobra británica que su intuición.

Mientras esto sucedía al Norte, en el teatro del centro las cosas se agitaban también. Según las órdenes impartidas por Napoleón (ignorando al teórico mando supremo en España, formado por su hermano José y el Estado Mayor que le asistía) el mariscal Victor al frente del Ier cuerpo de ejército debía avanzar Tajo abajo en dirección a Lisboa en cuanto Soult se hubiera hecho con Oporto, lo que sucedió el 29 de marzo. Sin embargo, Victor se quedó sin contacto directo con las tropas de Soult (lo que se hacía vía Galicia-Astorga-Zamora-Salamanca) gracias a las guerrillas que operaban entre Salamanca, Ciudad Rodrigo y la frontera portuguesa. Su única información, siempre retrasada, era la que llegaba vía Madrid, y así, lo que debería ser una complicada maniobra para envolver Lisboa entre dos fuegos (Soult desde el norte, Victor desde el oeste) quedó en nada. Inseguro de lo que debía hacer y sobre todo de la posición de Soult, Victor desplegaba en la segunda mitad de abril sus tropas entre Cáceres y Mérida, mirando hacia el sur (donde se encontraba Cuesta, apoyado por tropas británicas al mando del general Mackenzie) y al oeste, donde estaba su objetivo. Sólo el 11 de mayo tuvo vagas noticias de la entrada de Soult en Oporto, y por ello decidió hacer algo. En concreto, lanzó una miniofensiva en dirección al puente de Alcántara, guarnecido por tropas angloportuguesas. Se hizo con el puente y obligó a retirarse a los británicos, muy superados en número, pero el día 14 dio por concluida la maniobra y ordenó regresar a las posiciones previas. Aprovechando esta coyuntura, el general Cuesta lanzó un ataque sobre Mérida que no tuvo éxito. Era, sin embargo, el primer movimiento ofensivo español desde la derrota de Medellín. Victor reaccionó amagando un ataque contra Cuesta, pero éste se retiró sin combatir para no arriesgar su recién reconstruido ejército en vísperas del comienzo de una campaña. 

A continuación, del 19 de mayo al 11 de junio, el mariscal Victor dejó a su cuerpo de ejército inactivo, con lo que Cuesta tuvo aún más tiempo para reconstruir sus fuerzas en tanto que se carteaba con Wellesley para decidir el curso de la campaña conjunta. Mientras, las tropas británicas se iban concentrando sobre Abrantes. Más al norte el general Beresford, al mando de una fuerza angloportuguesa, apoyado por las fortalezas de Almeida y Ciudad Rodrigo, mantenía la vigilancia sobre las guarniciones francesas en Galicia y León. Estas tropas (constituidas por el cuerpo de ejército de Soult, muy mermado de medios tras su fuga de Portugal, y el cuerpo de ejército del mariscal Ney, con cuartel general en Lugo) se encontraban muy entretenidas por la actividad militar de la División del Miño, mandada por el antiguo sargento de infantería de marina Pablo Morillo, y más tarde por el Conde de Noroña, y por el Ejército de Galicia, mandado por el general Mahy y luego por el Marqués de la Romana. Esta actividad era suficiente para asegurar el flanco izquierdo de Beresford, que a su vez guardaba el flanco izquierdo de Wellesley. Con esta seguridad era factible la conjunción de tropas en el valle del Tajo y el diseño de una campaña conjunta sin riesgo a sobresaltos, a juicio de Wellesley. 

En esta tesitura se esconde el hecho de que desde el 14 de mayo las fuerzas francesas habían perdido el contacto con el grueso del ejército británico. No sabían dónde estaba. Sospechaban que podría estar detrás de la pantalla de fuerzas de Beresford (ésa fue, al menos, la excusa que le dio Soult a Napoleón para abandonar Galicia y marchar hacia el sur, hacia Zamora), pero Victor creía que este grueso estaba detrás de las tropas de Cuesta. En Madrid no tenían un cuadro claro de la situación.

La situación militar al comienzo de la tercera semana de junio de 1809.

Soult evacuó Galicia por Puebla de Sanabria para a continuación retirarse hacia Zamora y Salamanca, en donde sus líneas de comunicación y de abastecimiento, que confluían en Madrid, estaban bastante seguras. Ney, abandonado por su compañero, incapaz de hacer frente con sus solas tropas a las fuerzas militares de La Romana (de nuevo al mando de su ejército) y a las "alarmas" gallegas, se retiró hacia Astorga, donde enlazó con Kellermann, que a su vez se retiró de Asturias, incapaz de sostenerse sobre el terreno. Más tarde Ney se retiraría más al sur, a Benavente, dejando a Kellermann montando guardia en Astorga, aunque las tropas de Ballesteros, tras haber sido derrotado por Bonnet ante Santander, no suponían un peligro grave.

Por su parte, Wellesley ordena concentrar sus tropas en Abrantes, dejando a Beresford al mando de una fuerza angloportuguesa para que vigilase a Soult y Ney. Al hacer esta maniobra, inadvertidamente, Beresford apantalló a Wellesley, cuya posición exacta desconocían los mariscales franceses. Temiendo, ahora con cierto fundamente, una ofensiva británica desde Almeida/Ciudad Rodrigo hacia Salamanca, Valladolid y Burgos, Soult (primero por decisión propia, y luego por el mando concedido por Napoleón) giró el centro de gravedad de sus fuerzas hacia el sur, cerrando el valle del Duero. En ningún momento pensaron en pasar a la ofensiva, sino sólo en reaccionar a la amenaza británica.

Victor, temeroso de que Mackenzie fuera sólo la vanguardia del entero ejército de Wellesley, se retira al norte del Tajo, dejando al aire el flanco de Sebastiani, que se ve obligado a replegarse de La Mancha. La reserva de José y Jourdan, creyendo que era Sebastiani quien corría más peligro, corrió a sostenerle, consolidando así las posiciones francesas al norte de la línea Daimiel-Manzanares.

Tras las fuerzas francesas que se retiraban en Extremadura y La Mancha, los ejércitos españoles de Cuesta y Venegas, reconstruidos y en condiciones de maniobrar, recuperaban el terreno abandonado.

Sumido en esta incertidumbre, y entre quejas por falta de abastecimientos y comida, el mariscal Victor ordenó a su cuerpo de ejército abandonar sus posiciones entre el Guadiana y el Tajo, cosa que hicieron entre los días 13 y 14 de junio. Más adelante, el 26 de junio, alarmado por los movimientos de las fuerzas de Cuesta -aún no había descubierto la posición de los británicos- ordenó una segunda retirada hacia el río Alberche. Dejaba a los aliados los puentes de Almaraz y Puente del Arzobispo -el de Alcántara había sido volado el 10 de junio- y la posibilidad de enlazar entre sí. A cambio, lograba acortar sus líneas de comunicación con Madrid y evitaba que sus tropas fueran atrapadas al sur del Tajo. 

Detrás de Victor, las tropas de Cuesta se habían hecho con el territorio abandonado por éste. Además establecieron cabezas de puente al norte del Tajo. Mientras, del 15 al 28 de junio, la fuerza de maniobra de Wellesley se había terminado de concentrar en Abrantes; habían descansado y estaban listos para la campaña. El día 30 de junio Wellesley ordenó avanzar. El 3 de julio sus fuerzas entraron en España por Zarza la Mayor. Desde allí siguieron hacia Coria para establecerse en Plasencia el día 8. El éxito de la inminente campaña dependía del buen entendimiento entre ambos mandos, y de un diseño claro del objetivo de la misma. Para ello, visto que por carta no lograban entenderse (en buena medida a causa de los cambios en la situación militar habidos a lo largo del mes de junio) decidieron verse en persona. El día 10 ambos generales acordaron entrevistarse en la sede del cuartel general de Cuesta para terminar de diseñar los planes de la campaña. Dicho cuartel general se encontraba en la localidad de Casas de Puerto, hoy llamada Casas de Miravete. 

Antes de abordar el relato de la entrevista (digna por sí sola de todo un tratado) hay que decir que en el planteamiento aliado de campaña no se había previsto que Wellesley y sus tropas se subordinaran jerárquicamente a Cuesta. La colaboración se entendía como un acuerdo entre dos mandos situados al mismo nivel. No obstante, también es cierto que la campaña iba a desarrollarse en suelo hispano, que el ejército español era más numeroso que el británico, y que el comandante en jefe de este ejército era de mayor rango y más veterano que el británico. En estas condiciones la tradición militar justificaría la subordinación del mando británico al español; pero otra cosa era la realidad: el Reino Unido y España tenían firmado un tratado de alianza en el que no se especificaba la colaboración militar entre ambas. Además existía el precedente del cuerpo expedicionario británico de sir John Moore, cuya cooperación con las fuerzas españolas dejó bastante que desear.

Vista moderna de la localidad de Casas de Miravete (Casas del Puerto en 1809) tomada desde la antigua N-V (verano de 2008). Detrás y a la derecha pueden apreciarse las alturas del puerto del mismo nombre.

La situación militar (aproximada) en la primera mitad de julio.

Los CE franceses IIº, VIº y Vº, todavía inseguros acerca del siguiente movimiento de Wellesley, despliegan para cerrarle el paso en el valle del Duero y al norte del Sistema Central, donde Soult, falsamente, teme un ataque británico.

Los CE franceses Iº y IVº acortan su distancia respecto a Madrid, a la vez que cubren su vanguardia con una pantalla de caballería. Ésta era una táctica francesa habitual para disimular la posición de su fuerza principal, a la vez que obligaba al enemigo a desplegar sus unidades para penetrar en la pantalla de caballería, con lo que se exponían a ser observados por los franceses, que obtenían así una importante inteligencia táctica.

Frente a los disminuidos "ejércitos" del norte, los franceses mantienen una simple fuerza de cobertura y observación.

El cuerpo principal británico, a las órdenes directas de Wellesley, tras haber sido organizado en divisiones de campaña, haber descansado y repuesto vituallas, avanzó hacia Plasencia, su principal base logística en España. Su flanco izquierdo, sobre el mapa sería presa fácil para la amenaza de Mortier. Pero el caso es que Mortier (tampoco Soult) tenía la menor idea de donde se encontraba Wellesley. El mismo Wellesley juzgó demasiado remota esta amenaza para tomar contramedidas en serio. Por ejemplo, desplegar en ese flanco a toda o parte de la fuerza de Beresford. Que, por el contrario, se mantuvo en el valle del Duero con la misión de observar y distraer las fuerzas francesas allí situadas, cosa que tampoco haría. La inteligencia de las posiciones de los tres CE franceses bajo el mando de Soult les llegó a Wellesley y a Cuesta a través de la guerrilla española, especialmente la que operaba entre Salamanca, Béjar y Ciudad Rodrigo, al mando de Julián Sánchez "el Charro".

Los dos ejércitos españoles al mando de Cuesta siguen de cerca a los franceses en su repliegue. Cuesta, además, se hace con los pasos de Almaraz y Puente del Arzobispo, por lo que está en condiciones de pasar al norte del Tajo toda su fuerza, y enlazar así con Wellesley. Las tropas españolas disponen así de unas buenas comunicaciones con su retaguardia, a través de los Caminos Reales a Extremadura y Andalucía, las carreteras que hoy son la A5 y A4, respectivamente.

3.- Haciendo planes. 

Desde el punto de vista estrictamente militar ambos generales se entendieron perfectamente. El objetivo inmediato consistió en enfrentarse a las fuerzas al mando del mariscal Victor en o cerca de Talavera con el ejército combinado hispanobritánico al completo (véase el mapa anterior), y en función de la circunstancias que surgieran después del enfrentamiento se decidiría el nuevo objetivo, aunque se presumía que este segundo esfuerzo seguiría la dirección general de Madrid. La maniobra de avance del ejército combinado sería cubierta a su izquierda por una columna volante al mando del general Wilson, que operaría con independencia del grueso de la fuerza aliada. Mientras, para alejar a las fuerzas de Sebastiani del cuerpo principal se diseñó una segunda maniobra en la que el Ejército de la Mancha sería el protagonista. Sin buscar el enfrentamiento directo con las fuerzas de Sebastiani, las tropas de Venegas avanzarían desde sus posiciones en La Mancha en dirección al río Tajo, amenazando de flanqueo a las fuerzas del IVº cuerpo. Si se podía, las tropas de Venegas cruzarían el Tajo por Aranjuez, para dirigirse después en dirección a Arganda y Alcalá. Esta maniobra esperaban retendría en la defensa de Madrid a las fuerzas de la guarnición además de las tropas de Sebastiani. 

En el apartado del entendimiento personal entre los dos mandos aliados, la cosa fue mucho peor. La impresión causada en los británicos por los soldados españoles que revistaron no fue mala del todo, aunque su estado no era muy vistoso (por las razones que se han dicho); sacaron la conclusión de que se trataba de una tropa entusiasta pero bisoña y mal equipada, mandada por oficiales demasiado jóvenes. Pero lo peor fue el choque de caracteres entre Wellesley y Cuesta. El primero tenía un carácter frío, distante, casi desdeñoso, incluso con sus más cercanos colaboradores. Era un general joven con un mando de responsabilidad en tierra extranjera. Cuesta era (por lo que sabemos) seco y serio, casi adusto, con fama de no morderse la lengua ni ante sus superiores, y tenía detalles de castellano viejo, tales como negarse hablar en francés con Wellesley porque era la lengua de los invasores a pesar de que era el único idioma en común que tenían ambos generales. Era el capitán general más veterano de los Reales Exércitos, aunque tenía pocos amigos entre los políticos de la Junta Central. El primero veía a España como un frente más de la guerra contra Francia. El segundo la veía como un combate a muerte en el que se ventilaba la independencia y quizá la existencia de España como nación. No se entendieron ni llegaron a la intimidad que Winston Churchill suponía que se alcanzaba en los altos mandos militares cuando se ven en la necesidad de trabajar juntos. 

A corto plazo pareció que esta circunstancia no era importante. Se dieron las órdenes para el avance planeado (incluso al general Venegas, que era parte implicada), y así el 18 de julio las fuerzas británicas dejaron Plasencia camino de Oropesa y Talavera. Ese mismo día las tropas de Cuesta, concentradas previamente al sur del Tajo, cruzaron en masa el río por Puente del Arzobispo, usando tanto el puente de piedra como los vados. El día 20 de julio ambos ejércitos se concentraban desde La Calzada de Oropesa hacia el sur. Al día siguiente comenzaba el avance del ejército aliado por el Camino Real de Extremadura en dirección a Talavera.

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