Gregorio García de la Cuesta

Arriba: Retrato auténtico del general Cuesta. Por la edad representada en la imagen el retrato debe de datarse en torno al cambio de siglo. Abajo: Retrato idealizado del general, más joven, con la guerra ya iniciada. Nótese que ya le han apeado el "García" del primer apellido, cosa que harían también algunos de sus descendientes.

El Excelentísimo Señor Don Gregorio García de la Cuesta y Fernández de Celis nació en Tudanca (Santander), el 9 de mayo de 1741 (otras fuentes le hacen nacer en 1740), hijo de una familia de la pequeña nobleza montañesa. En su parroquia natal se conserva la partida de bautismo, así como información sobre sus padres.

Respecto a los méritos de su carrera militar, es mejor que nos los relate él mismo, tal como hace en su "MANIFIESTO QUE PRESENTA Á LA EUROPA EL CAPITAN GENERAL DE LOS REALES EGÉRCITOS DON GREGORIO GARCÍA DE LA CUESTA. Sobre sus operaciones militares y políticas desde el mes de junio de 1808 hasta el día 12 de agosto de 1809 en que dejó el mando del egército de Extremadura" (la ortografía es la de la época, al igual que en el texto que incluyo a continuación), manifiesto fechado en Palma de Mallorca el 14 de abril de 1811:

"En el año de 1758, y á los 17 de mi edad, después de haber estudiado la gramática y la filosofía en dos colegios, me incliné por una afición irresistible á la carrera de las armas; tomé plaza de cadete en el regimiento de infantería de Toledo, y pasé inmediatamente de guarnicion á la plaza de Orán, donde cursé las matemáticas en aquella real academia, y estudié practicamente los principios de la guerra, en la que continuamente habia que sostener contra los moros de aquel campo. En 1761 fuí nombrado subteniente en el regimiento de infantería de Granada; y marche á la campaña de Portugal en que asistí al sitio y toma de Almeyda. En 1766, beneficié compañía en el nuevo regimiento de infantería de Extremadura, donde ejercí las funciones de sargento mayor, y dirigí su formacion hasta hasta el completo y aprobación de dicho cuerpo. En 1775 fuí nombrado alumno de la academia militar de Avila, donde recorrí los autores militares, y me dediqué especialmente á la gran táctica, teórica y prácticamente, por espacio de dos años, en los quales desempeñé en dos ocasiones la comision de quintos de aquella provincia. En 1779, marché con mi regimiento al sitio de Gibraltar, en el cual asistí á los trabajos contra dicha plaza por espacio de catorce meses. En primeros de enero de 1781, me embarqué con mi regimiento para la isla de santo Domingo, donde permanecí en el egército de operaciones que se disponia para la expedicion contra Jamaica, en cuyo embarco fui hecho sargento mayor de mi cuerpo, y nombrado mayor de la brigada de Soria. Desde el cabo-francés pasé á la Habana, de donde fui destinado con mi regimiento y el de Soria ara apaciguar la insurreccion del Perú, y marché á Lima por el istmo de Panamá. Llegado á Lima, me embarqué despues de un año para el puerto de Arica y provincias internas del Perú con el mando del 2º batallon, y atravesé los Andes hasta Potosí y la ciudad de la Plata, en donde á mi llegada contuve y desbaraté una insurreccion de las milicias del pais, con solo una compañía de granaderos. Á poco tiempo fuí nombrado teniente coronel del mismo cuerpo, y subsistí en la ciudad de la Plata, hasta que tranquilizadas aquellas provincias salí para Buenos Ayres en 1788. Despues de estar algunos meses en Buenos Ayres y Montevideo me embarqué con los restos de mi tropa para Cadiz, adonde llegué en agosto de 91, habiendo sido en mi viage graduado de coronel, y obtenido la propiedad por resultas de la coronacion de Carlos IV.

Luego que llegué á Cadiz se me destinó a la guarnicion de la plaza de Badajoz, donde completé y dí nueva disciplina á mi regimiento, con el qual en principios del año 93 marché al egército del Rosellon, en cuya campaña se conquistó bajo de mi mando particular á Cabestan y Bernet inmediatos á la plaza de Perpiñan, donde fuí herido. Me hallé en la batalla de Peires-tortes, de cuyas resultas fuí ascendido á brigadier: seguidamente pasé á Ceret de segundo del conde de la Union, y mandé la espedicion de san Lorenzo de Cerdá, y toma de la torre Batera, Monvoló y Peralda en once de noviembre; la espedicion de Monvoló y toma de san Marzal en veinte del mismo; la reconquista del reducto de Ceret, y toma del puesto de san Ferriol en veinte y seis del mismo, por cuya accion fuí nombrado mariscal de campo; espedicion á san Lucas y toma del campo y altura de Lloroc en tres de diciembre; ataque y toma del reducto, baterías y campamento de Villalonga en siete del mismo. En diez y ocho de diciembre pasé desde el campo de Villalonga á tomar el mando de 60 hombres en Bañuls del Marc: el veinte ataqué y tomé el retrincheramiento de las alturas del cabo Bearne, el puerto de Porvendre con catorce barcos, y el castillo de san Telmo; y en la madrugada del veinte y uno la plaza de Colibre con 97 piezas de artillería y muchos almacenes de todas provisiones. El veinte de abril de 94, pasé á tomar el mando de la izquierda del egército en la frontera de Urgél, donde tuve varias espediciones y combates parciales, en que logré llamar la atencion de los enemigos por aquella parte. En veinte de diciembre fuí llamado al cuartel general de Gerona, y se me confirió la subinspeccion de milicias del egército de Cataluña. En diez y nueve de marzo de 95, se me dió el gobierno de la plaza de Gerona, amenazada de sitio por la pérdida de san Fernando de Figueras. En primeros de mayo volví á salir á campaña con el mando de la división de la derecha. En junio salí del campo de la Cruz de Fallines con la coluna de granaderos provinciales, ataqué á los enemigos sobre el rio Fluviá, y les puse en fuga. En catorce del mismo junio pasé el Fluviá por Bascara con mi division, ataqué a los enemigos en Armadas, les derroté y tomé dos piezas de artillería y varios efectos; fuí atacado poco despues, y rechazé por tres veces en la batalla de Pontós al general Augereau con todas sus fuerzas, persiguiendole hasta cerca de Figueras. Fuí nombrado para reconquistar la Cerdaña, y en veinte y seis de julio de 95 entré con 50 hombres por el valle de Rivas, ataqué y derroté á los franceses en el campo de Osexe y Regolisa, intimé a la rendicion á la plaza de Puigcerdá, y no habiendo querido rendirse en el mismo dia la tomé por asalto, con cerca de 20 prisioneros, entre ellos 2 generales y 9 piezas de artillería. Bloqueé á Velver, que se rindió por capitulacion con 10 piezas de artillería y 1300 prisioneros, entre ellos su general. El veinte y nueve pasé a reconocer la plaza de Montluis, y quando me disponia á atacarla, sobrevino la paz y se suspendieron las hostilidades.

A pocos dias me retiré a mi gobierno de Gerona, donde fuí creado teniente general, y poco despues nombrado presidente del consejo de trece generales para formar y juzgar la causa sobre la rendicion de la plaza de san Fernando, en Barcelona; y despues de su conclusion fuí nombrado capitan general del reyno de Mallorca, y á muy poco tiempo capitan general de Castilla la Nueva y gobernador del supremo consejo, desde cuya época hasta el dia, el manifiesto que ahora publico refiere mi conducta y servicios civiles y militares. 

En vista de la anterior relacion y del manifiesto, donde se demuestra que por mis pasos contados si proteccion alguna he recorrido todos los grados de la milicia y desempeñado varias comisiones y empleos políticos, la Europa imparcial juzgará inverosímil, por no decir imposible, el que haya llenado tantos empleos y acciones de guerra, sin ninguna qualidad mas que la del valor, que como de gracia me concede el marques de Wellesley, sin conocimiento de causa, y sin mas motivo que el de defender y ensalzar á su hermano el lord Wellington, en los cargos que se le han hecho por su gobierno. Todas las demas invectivas que el marqués produce en sus oficios contra el egército español y su general son dictadas por el mismo encono y espíritu; y no se responde á cada una de ellas en particular, por no dar á este manifiesto un ayre polémico á que no está destinado, y por no alargarlo mas de lo que el público desea, de lo que la materia exige, y de lo que mi reputacion necesita."

Además de lo que él mismo escribe, cabe señalar que solicitó licencia para casarse con doña María Nicolasa López y Nieto, criolla natural de Córdoba (Argentina), antes de su regreso a la Península en 1791.

Tampoco incluye Cuesta en este Manifiesto que dado que el Consejo de Castilla era en teoría el más alto órgano colegiado de gobierno de la Monarquía, aunando funciones legislativas y judiciales, tuvo varios enfrentamientos políticos acerca del gobierno de España con el valido, Manuel Godoy, lo que le costó que en abril de 1801 fuera destituido y desterrado de la Corte a Santander. Años más tarde, Cuesta no dudaría en escribir acerca del "caos y la desolación a la que la había reducido [a España] el Despotismo y la ignorancia de su anterior Administración", balance que deja claro cuál era su opinión acerca del antiguo valido de Carlos IV.

Tras el golpe de Estado que llevó hasta el trono a Fernando VII, Cuesta fue reclamado por el nuevo rey, que le nombró el 2 de abril de 1808 Capitán General de los Reinos de Castilla y León, y presidente de la Real Chancillería de Valladolid (equivalente al actual Tribunal Supremo). Desde este alto puesto trató de convencer al rey Fernando, en Burgos, para que no marchara a Bayona, ya que, como tantos otros, no veía necesidad de que se pusiera en manos de Napoleón, sin éxito en la gestión. De paso, en Burgos logró evitar que una multitud enfurecida se enfrentara a la escolta francesa del rey. El pueblo no era tonto y se olía que llevaban a Fernando a una trampa. Por su parte Cuesta era partidario de no usar la fuerza contra los franceses, dada la disparidad de medios militares al alcance, además de no ser partidario de ganar la mano mediante motines (como tantos otros contemporáneos, los veía como incontrolables), por lo que las intenciones del pueblo, aunque sinceras, no podían admitirse.

 

Por esas fechas supo del propio Fernando VII que deseaba nombrarle Capitán General de Castilla la Vieja y presidente de la Real Chancillería de Valladolid, cargos que desde 1800 iban simultaneados. Antes incluso de tomar posesión del cargo se encontró con la noticia de motines y rebeliones en Valladolid, que culminaron los días 17 y 18 de abril, hasta tal punto graves que Cuesta tuvo que escribir al todavía capitán general (Horcasitas) para informarse de ellos. El 18 de mayo Cuesta tomó posesión oficialmente de su nuevo cargo. Los días 13 y 20 de ese mismo mes la Gaceta de Madrid publicaba las abdicaciones de Bayona. Como consecuencia inmediata, Cuesta lanzó una proclama fechada el 21 en la que básicamente enuncia el respeto debido a la autoridad constituida (él, en Valladolid), una idea para él perfectamente lógica y diáfana si había que mantener las cosas bajo control. En esa misma proclama previene de lanzarse a aventuras sin sentido, sin objetivo, y sin medios (léanse motines y alzamientos), fía en que “los hombres amigos de la patria e instruidos en sus intereses (…) propongan y consigan el resultado de unas instituciones benéficas que afirmen la religión de nuestros padres, el honor de nuestro nombre, y la integridad e independencia de nuestro territorio”, refiriéndose a la asamblea de Bayona, y finalmente habla mucho de la patria y de la religión, pero poco o nada del rey (es decir, en teoría, de José Bonaparte; es más, en el documento dirigido a León se habla de esperar a ver quién puede presentar legítimos derechos al trono, cosa que los Bonaparte no podían hacer por más impostura que tramaran en Bayona). Se trata, a mi modo de ver, de una proclama contemporizadora en la línea de “esperar y ver”, y que mientras tanto nadie se desmande. Pocos días después un oficio suyo al Ayuntamiento de León abundará en argumentos en esa línea, y será más explícito en su “esperar y ver”. E insistirá en que, de no hacerse así, la nación acéfala caerá en la anarquía, con el riesgo de graves destrucciones de bienes (los medios para la subsistencia de las gentes, y, llegado el caso, para alimentar una economía de guerra) y de falta de acuerdo y entendimiento entre los exaltados. Cuesta aquí hizo de profeta. Aunque, siendo como era castellano viejo, y conociendo el material humano de sus compatriotas, tampoco había que tener mucha clarividencia para verlo así.

Arriba: Moderna reconstrucción (verano de 2006, en los campos de Medina de Rioseco) de un uniforme de Capitán General de los Reales Exércitos, tal como el que en aquella jornada debió vestir el general Cuesta.

 

Si bien es cierto que exteriormente Cuesta usa las excusas que después usarían tantos afrancesados (por ejemplo y en primer lugar, los ex-ministros Azanza y O'Farrill en su Memoria sobre los hechos que justifican su conducta política desde marzo de 1808 hasta abril de 1814), y si bien es cierto que en el ánimo de Cuesta puedo pesar que su propia vida corría peligro frente a las turbas amotinadas ("Esto [se refieren a la "matanza de los capitanes generales" en la primavera de 1808] infundió un terror general y estableció una completa anarquía, poniendo a cuantos gobernaban en la dura necesidad de contemporizar con el vulgo y prestarse a todos sus caprichos", escribirán Azanza y o'Farrill), Cuesta actuó en la misma línea que los demás gobernantes del reino. Desde la Junta dejada en Madrid por Fernando VII a modo de gobierno, si bien supeditada a Murat (Lugarteniente del Reino por Real Orden de Carlos IV), hasta los corregidores de las villas y lugares de menos importancia.

De esta proclama y su posterior escrito al Ayuntamiento de León arranca lo que algunos han llamado la "etapa afrancesada" de Cuesta. Incluso hasta hoy mismo (véase la tesis doctoral de Jorge Sánchez Martínez "Valladolid durante la Guerra de la Independencia española", Valladolid 2002) sigue la polémica acerca de las verdaderas intenciones de Cuesta. En aquella época, 1808, la polémica fue lo bastante grave como para que de ahí arrancara el enfrentamiento de Cuesta con Antonio Valdés y las instrucciones secretas de la Junta de Galicia a Blake. También sirvió para que los miembros destacados del partido fernandino (los que habían complotado con Fernando para destronar a su padre, y que habían heredado de manos godoystas los altos cargos de la administración del Estado), pese a la popularidad del general incluso entre ellos, recelaran de sus intenciones y pensaran que habría que forzarle la mano para que se alzara contra los franceses.

Finalmente la tensión estalló en Valladolid el 31 de mayo con un motín popular al que se sumaron (a título individual, podría decirse) los militares españoles con guarnición en Valladolid o que estaban allí fugados de sus unidades originarias. El Cabildo de la ciudad, controlado por el marqués de Revilla, fernandino y con historial de motines a sus espaldas, dio pleno respaldo al alzamiento y lo endosó a la Chancillería para que Cuesta respondiera a las demandas de los amotinados para que alguien los encabezara a la lucha contra el francés. Siendo Cuesta militar de prestigio y además el capitán general, era el buscado líder natural de los alzados. El mismo esquema de alzamiento se repetiría el mismo día en otras partes de España: Valencia, Cádiz, Cartagena, Badajoz… Presionado, pero no dispuesto a ceder su autoridad, ni tampoco a mancharla encabezando un alzamiento, Cuesta accedió a comenzar el alistamiento y recluta de personal en edad militar, lo que era tanto como poner en pie de guerra a la capitanía. Como incluso así a los amotinados les pareció que Cuesta no mostraba el celo debido, decidieron espolearlo montando una horca justo enfrente de las ventanas del general. Era el 1 de junio. Al día siguiente fue oficialmente proclamado Fernando VII como rey de España en Valladolid, lo que significaba desconocer a José Bonaparte, las resoluciones de Bayona, y, en definitiva, rebelarse contra Napoleón. Cuesta, arrastrado por los acontecimientos, escribió más tarde al Ayuntamiento de León: “…no pudiendo resistir al torrente del público, parece conveniente ceder a su fuerza, adoptando medidas y providencias para dirigir su impulso de manera que sea menos funesto.” Posteriormente, ya en abierta rebeldía, Cuesta formó una Junta de Armamento para reclutar, instruir, encuadrar y adiestrar a los hombres en edad militar. Con ello puede darse por cerrada la “etapa afrancesada” de Cuesta, si es que tal hubo.

En mi opinión, lo que Cuesta hizo a partir de abril (a partir de Burgos) fue una táctica dilatoria (ganar tiempo para ver cómo evolucionaban las cosas) respecto al problema de mantener bajo control la situación, y cuando el conflicto se fue planteando realmente como guerra, realizó una aproximación indirecta, dejando que fueran otros los que llevaran la situación al alzamiento, en tanto él dejaba a salvo los resortes del poder (sin los cuales juzgaba ingobernable la situación) así como la dignidad de los cargos (herencia que del pasado régimen godoysta había de pasar al nuevo régimen patriótico y juntero alzado en nombre de Fernando VII, a quien consideraba legítimo soberano), y con ello creo que Cuesta pensó que salvaba los medios para una guerra: bienes, jurisdicción sobre reclutamiento y armamento, y fijación de la estrategia militar. Todo ello, a mi entender, y siempre teniendo en cuenta el celo que Cuesta mostró siempre en la derrota de los franceses y en la restauración del régimen previo a la guerra, esto es, la monarquía absoluta en su forma tradicional. En cualquier caso, pocos días antes de la derrota de Cabezón rechazó una oferta del rey intruso, que le ofrecía ser Virrey de Nueva España (el actual México) si se unía a su bando. Por esas mismas fechas recibió varias cartas de los ministros de José para convencerle de que abandonara a los rebeldes. Si hubiera pensado que el régimen josefino era legítimo o que al menos podía garantizar la integridad e independencia de España con más eficiencia que el naciente régimen juntero (la excusa de los afrancesados, entonces, y más tarde), Cuesta hubiera tenido ocasiones sobradas para unirse a él con ventajas para su persona. Y no lo hizo. Otros, como Cabarrús, Azanza, O´Farrill, etc., se vieron en la misma tesitura y se plegaron a colaborar con la monarquía josefina, justo por las mismas razones por las que Cuesta no quiso.

Con la Junta de Armamento como herramienta principal, Cuesta procuró dar forma militar a los muy escasos recursos de que disponía. La guarnición de Valladolid, aun reforzada por escapados de otras unidades, era demasiado pequeña para suponer una amenaza seria para los franceses, acuartelados en y alrededor de Burgos. La más elemental estrategia indicaba que los franceses no iban a consentir una amenaza militar en el flanco de la línea de comunicaciones Madrid-Burgos-Bayona-París, y eso era lo que en potencia representaba una capitanía de Valladolid en armas. De inmediato el mariscal Bessieres organizó una fuerza de unos 7.000 hombres (con caballería y artillería) para hacerse cargo de la amenaza. Esta fuerza se reunió el 11 de junio en Dueñas. Por su parte, Cuesta podía alinear a unos 5.000 paisanos recién enrolados, sin instrucción y con poco armamento, además de una fuerza regular de quizá 700 jinetes con algo de artillería. El encuentro tuvo lugar en Cabezón el día 12. El resultado no podía ser mas que uno, la derrota de las fuerzas españolas, y eso fue lo que se obtuvo.

Se ha escrito que el despliegue de Cabezón era militarmente ridículo, lo que mostraría la ineptitud o incompetencia de Cuesta. La cuestión aquí es de qué manera podía desplegar él a la tropa teóricamente a sus órdenes de manera eficiente, sin encuadramiento (es decir, sin una cadena jerárquica establecida y sólida) y sin adiestramiento (es decir, sin saber cómo maniobrar frente al enemigo). Como escribió de esta jornada el coronel Ignacio Garciny: "...hicieron los paisanos armados el primer ensayo de lo que vale el ardimiento, quando no está unido á la disciplina, y á la experiencia de los trances de una batalla..." Pero los vallisoletanos pedían pelea y pelea tuvieron, aunque el resultado estuviera decidido desde antes de que sonara el primer disparo.

En lo militar, recién comenzada la guerra, y dada la entidad de las fuerzas de Cuesta, esta derrota por fuerza había de ser poco importante a largo plazo, pero servía como válvula de escape a la pasión desbordada desde el 31 de mayo, servía para asentar la jefatura de Cuesta (ya que si la batalla se había perdido era por la carencia de tropas adiestradas), y también para la propaganda patriótica.

El 19 de junio, y como consecuencia de la derrota de Cabezón el general Cuesta escribió una proclama dirigida a todos los habitantes de Castilla. Esta proclama dice así:

"Castellanos:

La jornada de Cabezón no ha sido para nosotros tan funesta como nos han querido pintar algunos hombres débiles y cobardes, es preciso que volvamos sobre nosotros mismos, que paremos la consideración sobre los ultrajes que hemos recibido, y tratemos de vengarlos.

Bien habeis visto esa caterva de bandidos bajo la bandera de la paz, cometer todo género de desórdenes y crímenes, asolados los pueblos, ajadas las campiñas, robados y profanados los templos, saqueadas muchas casas de nuestra Capital, y violadas las leyes de la hospitalidad; ¿qué nos queda que esperar? ¿O no vale más morir en el campo de la gloria peleando en defensa de la Patria?

Castellanos, en ningún tiempo hemos defendido una causa más justa que la presente, tal es la de nuestra libertad e independencia, porque una Nación no es libre ni independiente en tanto no puede elegir por sí misma sin dependencia de otra el Gobierno y el rey que más le acomode, en este caso se halla la Nación Española. Ese hombre lleno de ambición y soberbia, ese trastornador del derecho de la Naciones quiere darnos la Ley y ponernos un Rey a su arbitrio. Para eso se vale de mil engaños, y pretende deslumbrarnos con las palabras felicidad, integridad de territorio, y conservación de la Religión católica, como si necesitáramos de él para esto. No, castellanos, no debemos dar oídos a las palabras.

El objeto de Napoleón es hacernos esclavos de la Francia, llevarnos a países remotos a servir a sus caprichos y sacarnos todas nuestras riquezas.

¿Y callaremos a la vista de esto? ¿Preferiréis la esclavitud a la Independencia? ¡No! El Español no ha nacido para ser esclavo, ha nacido para ser libre y no puede serlo si no toma las armas para la defensa de sus derechos. ¿No nos avergonzaríamos al pensar que habíamos doblado la cerviz a esa caterva de bandidos gobernada por un monstruo? ¿Qué dirán las demás naciones al vernos abatidos y reducidos a una mísera colonia de esclavos?

¡Ah! Inflamémonos de aquel Espíritu Nacional que hace a los hombres invencibles: despreciemos con generosidad a esos hombres cobardes e indolentes que temiendo morir y queriendo ser solos despreciadores de los demás hombres, procuran esparcir voces de temor y miedo para acobardarnos y hacernos compañeros de su esclavitud. Volvamos de nuevo a tomar las Armas que hemos dejado caer de las manos, y corramos a aumentar el número de los defensores de la Patria para que cuando volvamos a nuestros hogares, cubiertos del polvo de la Victoria, digan nuestros padres: venid, venid hijos a nuestros brazos, venid a gozar del premio de vuestros trabajos, y de la felicidad que debemos a vuestro Valor.

Mayorga de Campos, 19 de junio de 1808. Gregorio García de la Cuesta."

Bien, analicemos el texto. Para empezar, Cuesta procura minimizar los resultados de la derrota de Cabezón ("La jornada de Cabezón no ha sido para nosotros tan funesta como nos han querido pintar..."), si bien en ningún momento niega la derrota. Ciertamente, la entidad de las tropas derrotadas, ni por número ni por calidad, en una guerra que acababa de comenzar, da para considerar Cabezón una jornada catastrófica. Sin embargo, Cuesta sabía bien que la propalación de bulos y rumores acerca de esta derrota podía tener efectos desmoralizadores para la población civil, y por tanto, llevar al fracaso la leva de tropas con las que continuar la lucha. De ahí que tratase de levantar los ánimos exaltando el patriotismo de los castellanos, haciendo mención (con buen entendimiento psicológico) de aquello que más podía inflamarles: la causa de la libertad de España ("...una Nación no es libre ni independiente en tanto no puede elegir por sí misma..."; "...quiere darnos la Ley y ponernos un Rey a su arbitrio..."), el pundonor y el orgullo de que siempre hemos hecho gala los españoles ("El Español no ha nacido para ser esclavo, ha nacido para ser libre..."; "¿...no vale más morir en el campo de la gloria peleando en defensa de la Patria?; ¿No nos avergonzaríamos al pensar que habíamos doblado la cerviz...?; ¿Qué dirán las demás naciones...?"), las ofensas recibidas de manos de los franceses ("...asolados los pueblos, ajadas las campiñas, robados y profanados los templos, saqueadas muchas casas de nuestra Capital, y violadas las leyes de la hospitalidad; ¿qué nos queda que esperar?"), ofensas recibidas además de la que se suponía que era una nación aliada y amiga, de ahí que Cuesta se exalte señalando que "Bien habeis visto (...) bajo la bandera de la paz, cometer todo género de desórdenes y crímenes", lo que no era sólo propaganda, sino literalmente cierto. De ahí sigue Cuesta que la imposición de la Constitución de Bayona y de José Bonaparte como rey ("quiere darnos la Ley y ponernos un Rey a su arbitrio"), sin tener derecho ni a lo uno ni a lo otro, no puede llevar a prestar oídos a las promesas de Napoleón acerca de que España recuperaría su soberanía y sus libertades. Y en concreto dice: "pretende deslumbrarnos con las palabras felicidad, integridad de territorio, y conservación de la Religión católica, como si necesitáramos de él para esto", que fue lo que trató de decirle a Fernando VII en Burgos. Como parte de la proclama, en un lenguaje que claramente es el de una guerra declarada, tacha a los franceses de "caterva de bandidos", y al propio Napoleón como "trastornador del derecho de la Naciones" y "monstruo". En cuanto a las ofertas de colaboración con el nuevo régimen bonapartista, ofertas que además le implicaban también a él, su postura es muy clara: colaborar con el invasor es "hacernos esclavos de la Francia", porque Francia (y Napoleón) no desea el bien de España, sino sólo desea de estos colaboradores "llevarnos a países remotos a servir a sus caprichos y sacarnos todas nuestras riquezas". Esto último es de suponer que no se refiere a las riquezas personales de los colaboradores, sino a los recursos de España, y muy especialmente los recursos del amplio y muy rico imperio americano español.

Cuesta deja claro desde este momento su visión personal de la guerra: hay que pelear para expulsar a los franceses y a sus colaboradores de España para recuperar la independencia, para poder gobernarse conforme al marco legal anterior a la invasión y la guerra.

Dicho sea de paso, ya que en ocasiones hay debate acerca de si "Guerra de la Independencia" es un término adecuado para referirse a esta guerra, las palabras de Cuesta ("...en ningún tiempo hemos defendido una causa más justa que la presente, tal es la de nuestra libertad e independencia...") lo dejan total y meridianamente claro para mí: se trata de un nombre absolutamente correcto.

Tras la derrota se retiró a Benavente, donde sus escasas fuerzas recibieron el refuerzo de tropas (igualmente de reciente recluta) procedentes de León y de Asturias. Desde allí recabó Cuesta el auxilio del Ejército de Galicia, y para ello despachó a La Coruña a su fiel caballo de guerra Zayas, que, como indicó Cuesta en su “Manifiesto”, había hecho mucho en Benavente por convertir la amalgama de paisanos armados en algo parecido a un ejército. Esta petición de auxilio se justificaba por la posibilidad de que una maniobra conjunta de las tropas gallegas al mando de Blake y las suyas propias podía amenazar el flanco del mariscal Bessieres, cuyas tropas eran inferiores en número. Quizá incluso podrían derrotarle, cortando el Camino Real de Madrid a Irún, que era la principal vía de suministros para las tropas francesas del centro de España. En ese sentido contactó con el mando de las tropas de la Junta gallega para coordinar acciones. O mejor dicho, para comandarlas, como más antiguo que Blake, pero el recién nombrado jefe del Ejército de Galicia, teniente general Blake, tenía órdenes expresas (y secretas) de no acatar órdenes de otros mandos que los nombrados por la Junta del Reino de Galicia. La razón que en su día adujo la Junta de Galicia fue la ambigüedad de Cuesta en los días que iban del 21 de mayo al 2 de junio. Que no se fiaban de que no fuera un traidor afrancesado más, en pocas palabras.

Semejante división en el mando supuso el fracaso de la maniobra contra Bessieres, fracaso saldado gravemente en la derrota de Medina de Rioseco (14 de julio). Tras la derrota, Blake y Cuesta se separaron de nuevo.

Sin embargo, la tremenda victoria de Bailén (21 de julio) convirtió la victoria de Bessieres en papel mojado. Tras Bailén, el rey intruso, con su corte y todas las tropas francesas reunidas en torno a Madrid, se retiró al Norte del Ebro.

Con la victoria, las tropas de Cuesta (denominadas ahora Ejército de Castilla aunque sus efectivos eran poco mayores de 10.000 soldados) marcharon a Segovia y de ahí a Palencia, siguiendo (que no persiguiendo, ya que con tan pocas tropas era una locura) a los franceses.

Mientras se desarrollaba esta maniobra, el 5 de septiembre se celebró una reunión de jefes de ejércitos para tratar de arreglar un mando único central.

Este punto es importante. En ausencia de todos los miembros de la Familia Real, y sin haber sido nombrado un Regente o un Lugarteniente del Reino, no existía nadie en España que pudiera reclamar legítimamente el gobierno de la nación y la jefatura del Ejército. Las Juntas locales, surgidas al calor del alzamiento popular contra los franceses, se hicieron (por sí y ante sí) depositarias de la soberanía nacional y por tal motivo se proclaman legitimadas para gobernar. Pero, dejando aparte la legitimidad de origen de las juntas, los continuos roces y piques entre unas juntas y otras impiden que exista en efecto una estructura de gobierno. Y esta falta de unidad se tradujo en lo militar en que cada Junta armaba y encuadraba a sus tropas, nombraba y cesaba oficiales a su antojo y negaba obediencia a los generales de otras juntas. Por supuesto, esto implicaba que los diversos cuerpos armados españoles carecían de coordinación y coherencia en sus maniobras y en su estrategia de lucha.

Ya el 4 de julio (antes incluso de la batalla de Medina de Rioseco), Cuesta escribió una proclama, fechada en Benavente, dirigida a todos los Capitanes Generales y a todas las Juntas:

"Virtus Unita Fortior

Todos los buenos españoles, todos los Pueblos de la Península en que no residen ejércitos Franceses, han levantado a un tiempo el grito y el estandarte de la independencia contra la tiranía, la perfidia y vejaciones del Gobierno Francés, un movimiento tan unánime bastaría a justificar nuestra causa (...) Arrancarnos del seno de la Patria con engaños y falsedades a nuestro amado Monarca, la delicia, la esperanza y consuelo de la Nación que iba a ser regenerada del caos y la desolación a la que la había reducido el Despotismo y la ignorancia de su anterior Administración.

(...) Pero nos falta el concierto y unión de todas las Provincias; pues si cada una quiere llevar adelante su independencia particular, todas serán la víctima de su desunión y anarquía, no habrá conjunto ni vigor en las operaciones, y cada una quedará abandonada a la debilidad de sus fuerzas y recursos (...) Desde luego nuestras Colonias serían perdidas pues no pertenecen a esta o aquella Provincia de España, sino a todo el Reino, y si ésta no se reúne bajo de una sola autoridad todo es perdido.

(...) La autoridad de uno solo atendidas las actuales circunstancias y la ambición de los hombres, podría ser arriegada para el estado, y repartida en muchos produciría la indecisión y retardo en todos los negocios. Parece pues que una Regencia confiada a tres o cinco a lo más evitaría ambos extremos (...) Según nuestra Constitución serían las Cortes a quien corresponde la determinación y elección de una Regencia (...) pero la convocatoria foral de Cortes sufre dificultades y dilaciones invencibles (...) Parece que no queda otro arbitrio que el congregar una Junta compuesta de Diputados de todas las Provincias o Capitanías Generales hacia el centro de todas ellas, con poderes para nombrar y establecer una Regencia (...) para salvar nuestra Patria, que si subsiste entregada a la división, independencia y miserable egoísmo de cada Provincia van a ser todas subyugadas por nuestros enemigos.

(...) Me considero en este momento independiente de cualquier otro Gobierno, pero seré el primero a someterme tratándose del bien Nacional."

Paremos de nuevo un momento a analizar este texto. Cuesta señala que "nos falta el concierto y unión de todas las Provincias", con lo que las consecuencias (bien lo sabría él después de Medina de Rioseco) eran muy claras: "si cada una quiere llevar adelante su independencia particular, todas serán la víctima de su desunión y anarquía, no habrá conjunto ni vigor en las operaciones, y cada una quedará abandonada a la debilidad de sus fuerzas y recursos". Es decir, en esas circunstancias la derrota estaba cantada. Pero aún, con una clarividencia que deja en ridículo sus puesta falta de agudeza mental, señala que "nuestras Colonias serían perdidas pues no pertenecen a esta o aquella Provincia de España, sino a todo el Reino". Justo lo que años después, tras la toma de Sevilla, alegarían los independentistas para afirmar que los lazos entre España y las Américas se habían roto y por tanto tenían derecho a gobernarse ellos solos.

Cuesta propone una solución transitoria (hasta que regresase Fernando VII), consistente en "una Regencia confiada a tres o cinco a lo más". Ésta fue la solución que se adoptaría a partir de 1812, solución que entre otros avalaba el ya Duque de Wellington. Otro punto para los que consideran a Cuesta mentalmente mermado. Cuesta, como hombre del Antiguo Régimen, se apega a la ley y afirma que la Regencia habría de ser nombrada "según nuestra Constitución" (se refiere al marco legal del Reino, ya que en esa época España carecía de Constitución escrita; sucedía algo así como al actual Reino Unido, que también carece de Constitución escrita, pero no de marco constitucional) por "las Cortes", pero dada la situación de guerra y ocupación de parte de España esto no es factible, y propone como alternativa que "el congregar una Junta compuesta de Diputados de todas las Provincias o Capitanías Generales hacia el centro de todas ellas, con poderes para nombrar y establecer una Regencia". De esta manera Cuesta desautoriza implícitamente la autoridad de las Juntas que habían surgido en territorio no ocupado, muchas de las cuales se titulaban soberanas (esto es, autocráticas), lo que a un hombre del Antiguo Régimen como Cuesta debía darle cierto recelo. Teniendo en cuenta además que estas Juntas dedicaban sus mayores esfuerzos a fastidiarse unas a otras, y a fastidiar a los mandos militares, no es de extrañar que Cuesta no se incline por una amalgama entre Juntas mal avenidas sino por una Regencia que detente los poderes de la Corona hasta tanto Fernando VII no pudiera recuperar el trono. En ningún caso Cuesta se plantea que esta "Junta compuesta de Diputados de todas las Provincias" actúe como poder constituyente, que es lo que sucedería más tarde con las Cortes reunidas en Cádiz.

Con semejantes argumentos, y teniendo en cuenta la autoridad y veteranía de Cuesta, es normal que no pocos le consideraran un peligro político. Más si afirmaba que por estas razones "me considero en este momento independiente de cualquier otro Gobierno", lo que con la legalidad de la época en mente, es totalmente correcto.

Sólo en una cosa erraba Cuesta, y es cuando dice del rey Fernando VII que es "nuestro amado Monarca, la delicia, la esperanza y consuelo de la Nación". Poco conocía Cuesta a don Fernando "el Deseado". Pero a Cuesta le pasaba lo que a millones de españoles: que como no conocían la catadura del nuevo rey, le consideraban la esperanza de España.

La reunión del 5 de septiembre finalizó sin acuerdo. Cuesta mantuvo las ideas ya expuestas y además reclamó para sí el mando supremo de las tropas por ser el general más antiguo del Ejército, por su estatus político posterior a la depuración de Godoy (fue nombrado el 2 de abril por Fernando VII), lo que le libraba de sospechas de poca fidelidad al rey Fernando (en aquella época ser pro-Godoy era ser anti-Fernando y viceversa, así, en estos términos cainitas, había terminado por desarrollarse la política española) y por ser Capitán General, autoridad delegada por el propio Rey (conviene recordar que hasta bien entrado el siglo XIX los Capitanes Generales tenían delegado por la Corona el gobierno militar y en parte el gobierno civil de las regiones bajo su mando y eran por tanto los máximos representantes del Reino en esas regiones). Por si fuera poco, Cuesta arrastraba tras de sí no poco favor popular ("...ídolo de los castellanos...", escribió de él Jovellanos en esas fechas). En definitiva, una persona a tener en cuenta por parte de la naciente Junta Central.

Poco después de esta reunión, el 13 de septiembre, Cuesta ordenó detener al almirante Antonio Valdés, antiguo Ministro de Marina de Carlos IV, y delegado de la Junta Suprema del Reino de León que con otros delegados marchaba a Ocaña para constituir la Junta Central. Cuesta había tenido roces con Valdés y su Junta casi desde su formación, a cuenta de las competencias de dicha junta en el seno de la Junta General de León y Castilla, obediente a Cuesta.

Después de un duro intercambio epistolar entre Cuesta por un lado, y Castaños (el vencedor de Bailén) y Floridablanca por otro, a cuenta de este arresto, Cuesta fue obligado a comparecer en Aranjuez ante la Junta, fue relevado de su mando y arrestado el 9 de octubre. Se sometió a ello, aun considerándolo una injusticia. Con ello demostraba ser sincero cuando afirmaba que "seré el primero a someterme tratándose del bien Nacional".

En esa situación de arresto, vigilado de cerca por agentes de la Junta Central, permaneció incluso durante la fuga de la Junta de la Villa de Madrid ante la inminencia de su captura por Napoleón tras la derrota de Somosierra (30 de noviembre). Siguiendo en esa fuga a la Junta, se encontraba el 10 de diciembre en Mérida, cuando una multitud de ciudadanos detuvo la comitiva del conde de Floridablanca para reclamarle que el general Cuesta fuera nombrado comandante del Ejército de Extremadura, unidad casi destruida en combates previos, pero que era todo cuanto se interponía entre los franceses y las grandes capitales extremeñas. Forzada la situación, Floridablanca (más preocupado por seguir sin estorbos la fuga de la Junta Central) primero se excusó indicando que la Junta de Badajoz no endosaba la petición de la Junta de Mérida (dicho sea de paso, la Junta de Mérdida sólo se hizo eco de la petición popular), pero cuando en Badajoz se supo la petición hecha en Mérida, se adhirieron a ello, por lo que la Junta Central terminó aceptando, y así, el 29 de diciembre de 1808 el general Cuesta era nombrado Capitán General de Extremadura y comandante del Ejército de Extremadura.

Su primer paso fue reconstruir esta unidad como fuerza eficiente de combate, para lo que comenzó la recluta y organización de nuevos regimientos. Además organizó las nuevas unidades según las enseñanzas tácticas aprendidas de los franceses: organizó secciones de escaramuzadores, creó cuerpos ligeros de infantería y caballería para la exploración y el flanqueo; además reforzó su artillería y organizó cuadros de oficiales a base de personal procedente de las milicias ciudadanas y otras fuerzas de la reserva. Para ello se apoyó en el trabajo de unos cuantos oficiales superiores de su absoluta confianza: José de Zayas, su mano derecha desde los días de Medina de Rioseco, el Duque del Parque, el general Juan de Henestrosa, etc.

Sin embargo Cuesta no era demasiado popular entre los miembros de la Junta de Extremadura ni entre los de la Central, empezando por el pro-británico Ministro de la Guerra general Cornel. Las relaciones con Badajoz, además, se deteriorarían con el tiempo según el general se veía obligado a pedirle más recursos para tener a sus tropas abastecidas.

Ajeno de momento a la política de retaguardia, Cuesta emprendió acciones ofensivas de limitado alcance durante los meses de enero y febrero de 1809 que le permitieron recuperar el puente de Almaraz, la comarca de Navalmoral de la Mata (en el Camino Real de Extremadura), y despejar de franceses toda la provincia de Badajoz. No pudo ir más allá. La Junta de Extremadura le denegó todo auxilio y hasta le discutió los nombramientos que hizo en su ejército (como el propio Cuesta lo describió: "...división, independencia y miserable egoísmo de cada Provincia...").

Para empeorar las cosas, en marzo de 1809 los franceses comenzaron otra ofensiva sobre el valle del Tajo, que tras varias escaramuzas previas, culminó en la batalla de Medellín, el 28 de marzo. En esa batalla fue destruido casi la mitad del Ejército de Extremadura y herido su comandante.

En Medellín Cuesta demostró que aunque un general competente, sus capacidades tácticas no estaban a la altura de sus contrapartes franceses, aunque en su descargo hay que decir que la calidad de la tropa que mandaba tampoco permitía demasiadas florituras. Los cambios tácticos realizados entre los regimientos españoles eran demasiado novedosos y revolucionarios para esperar que una tropa bisoña fuera capaz de asimilarlos con rapidez y usarlos en campaña con éxito.

Cuesta improvisó una retirada que logró salvar al resto de tropa. Su desempeño le permitió alcanzar el empleo de capitán general el 1 de Abril de 1809. Con base en Badajoz logró reconstruir sus fuerzas a base nuevas levas y del refuerzo de tropas procedentes de Andalucía. Esta labor de organización permitió que para Junio el Ejército de Extremadura fuera de nuevo una fuerza combatiente eficaz, lo bastante fuerte sobre el papel para encomendarle el importante papel de punta de lanza en la campaña del Tajo del verano de 1809.

Ese mes de junio de 1809 Cuesta fue nombrado Capitán General de Castilla la Nueva (lo que no incluía Madrid) con vistas a la maniobra aliada sobre la Villa y Corte.

La historia de la campaña de verano en el valle del Tajo ya ha sido descrita en otros apartados de esta página. Sólo queda añadir que la dureza con la que ha sido enjuiciado Cuesta (sobre todo por parte de los historiadores británicos) se basa más en sus roces personales con Wellington y con algunos de sus subordinados (más preocupados por quitarle a Cuesta el mando que por derrotar a los franceses) que en su incapacidad como jefe militar, aunque se use su supuesta torpeza para justificar la retirada aliada tras la batalla. Su comportamiento durante la campaña fue lúcido como militar, incluso más de lo que podía esperarse de un herido convaleciente aún. Sus decisiones sobre el campo de batalla fueron en general acertadas: la negativa a atacar a los franceses de forma precipitada el día 24 de julio para no arriesgar una derrota bastante probable (al no poder desplegar adecuadamente la fuerza atacante); la persecución contra Víctor, dado que en teoría Venegas neutralizaba la amenaza de Sebastiani; la posterior retirada al ver que esto no era así, y la subordinación al plan de batalla elaborado por Wellington durante la batalla.

Otro detalle importante es que tras la retirada aliada de Talavera, Cuesta se replegó a Puente del Arzobispo, donde mantuvo abierto el cruce del río Tajo (pese a la cercanía de los franceses, tres cuerpos de ejército, nada menos, que se le venían encima) todo el tiempo que pudo, cubriendo la retaguardia británica y permitiendo así que todo el ejército y tren de bagaje de las tropas de Wellington cruzaran con seguridad el río. Tampoco por haberse sacrificado de esta manera Cuesta recibió reconocimiento alguno, ni de españoles ni de británicos.

Cuesta sobrevivió a la derrota de Medellín, pero no a la victoria de Talavera. Acosado por sus enemigos de dentro y fuera del ejército (siempre fue mejor militar que cortesano o político), fue obligado a dimitir de su puesto de Capitán General en diciembre de 1809. La tensión acumulada hizo que el 12 de agosto sufriera en Deleitosa un ataque de apoplejía. Se vio obligado a resignar el mando del ejército en manos del general Eguía y a presentar su dimisión a la Junta Central el 15 de agosto. La Junta le concedió licencia para que marchara a los baños de Alhama y Málaga a fin de que descansara y se recuperara. En el otoño de 1809 se encontraba lo bastante restablecido para volver a ofrecer sus servicios a la Junta, pero ésta tenía por entonces otras prioridades. Seguía en Málaga cuando esta ciudad fue tomada por los franceses en 1810. Como consecuencia, Cuesta sufrió varias vejaciones que le hicieron quejarse por escrito a la Regencia, establecida en Cádiz por aquel entonces. A fin de evitar males mayores, y sospecho que para alejarle de los debates de las nacientes Cortes (donde habría vuelto a demostrar su escaso tacto político), fue enviado como Capitán General a Palma de Mallorca, un destino de retaguardia, donde falleció el 26 de noviembre de 1811. Su estado de salud debió ser malo en los meses inmediatamente anteriores a su fallecimiento, como lo testimonia el hecho de que no pudiera asistir al homenaje póstumo tributado al Marqués de la Romana, ese mismo año de 1811.

La figura de Cuesta ha sido maltratada por la historia, de tal modo que ningún autor se ha molestado en biografiar a este general, y menos a analizar su comportamiento y las razones del mismo. Él mismo ya sintió en sus últimos años el azote de la propaganda, lo que le obligó a escribir un memorial (el ya mencionado Manifiesto), en el que daba cuenta de sus actos y de las razones de los mismos. Este Manifiesto se conserva hoy en día, y es un elemento importante para poder enjuiciar a Cuesta. Sin embargo, la mayor parte de la historiografía moderna, sobre todo británica, suscribe acríticamente la opinión del marques de Londonderry sobre Cuesta: "Carecía de talento, pero era valiente, justo y hombre de honor, muy lleno de preocupaciones, extraordinariamente terco y odiaba rencorosamente a los franceses [teniendo en cuenta lo que los franceses habían hecho a España, yo no se lo reprocharía, nota del autor]. No ganó ninguna batalla [mentira podrida, nota del autor], pero estaba siempre dispuesto a batirse y en cuanto se rompía el fuego se le veía en los sitios de mayor peligro". Londonderry, siempre hablando a posteriori (estas palabras son de 1829), juzga erróneamente a Cuesta. Es más, le juzga como la propaganda británica desea juzgarle. Quizá es que hay tantos mariscales británicos capaces de derrotar al mariscal Augereau que se le pueden escatimar méritos a Cuesta. Como espero que esta página deje bien claro, Cuesta se merece más respeto del que hasta el momento se le otorga.

Los restos mortales de Gregorio García de la Cuesta se encuentran enterrados en la catedral de Mallorca. Su epitafio reza (en la grafía de la época):

MUY EXCELENTISIMO SEÑOR
GREGORIO GARCIA DE LA CUESTA
GENERAL DE LOS R. EXERCITOS
Y DEL REINO DE MALLORCA
PRESIDENTE DE SU REAL AUDIENCIA
Y DE LA JUNTA SUPERIOR
CABALLERO GRAN CRUZ DE
LA DISTINGUIDA ORDEN DE CARLOS III,
REGIDOR PERPETUO DE LA VILLA
DE MADRID Y SOCIO BENEMERITO
DE LA REALES SOCIEDADES
MALLORQUINA Y CANTABRICA
MURIO EL 26 DE NOVIEMBRE DE 1811
Izquierda: La lápida de la tumba donde descansa el general Cuesta, en la catedral de Mallorca. Aún pueden leerse, ajadas por el paso del tiempo, las letras de su epitafio.

Derecha: El autor de esta web, fotografiado en el verano de 2008 junto a la tumba del general.

Mi mayor agradecimiento a Arsenio García Fuertes por su amable cesión del retrato de Cuesta y por los datos aportados sobre su biografía. Igualmente agradezco al Cabildo de la Catedral de Mallorca su ayuda para localizar y fotografiar la tumba del general Cuesta. Los derechos de las fotos de la lápida del general pertenecen a dicho Cabildo.

   

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