Arthur Coley Wellesley, lord Wellington y duque de Wellington

Retrato de Lord Wellington, Vizconde de Talavera, Duque de Ciudad Rodrigo y Grande de España, en uniforme de mariscal de campo, realizado por el genial maestro Francisco de Goya, contemporáneo suyo. El cuadro puede admirarse en el Museo del Prado de Madrid. Nótese que al cuello lleva el collar del Toisón de Oro.

Arthur Coley (o Colley) Wesley nació en Dublí­n, la capital de Irlanda, el 1 de mayo de 1769, en el seno de una familia protestante inglesa perteneciente a la nobleza rural. A los cuatro años su familia se mudó a Londres, donde tení­an intereses comerciales. Sus dos hermanos mayores (Richard y William) estaban dedicados a la polí­tica, por lo que a él le destinaron a la vida sacerdotal. Sin embargo Arthur era considerado por su familia como dotado de pocas luces, y desde luego como estudiante era mediocre; como de esa manera era difí­cil que superara los estudios de filosofía y teología, ello dejaba una sola alternativa posible: la vida militar.

En 1785, tras cursar estudios en Eton, se mudó con su madre a Bruselas, para aprender francés y a la vez preparar el ingreso en la Academia de Caballerí­a de Angers. Los dos años siguientes los pasó allí. Aquellos dos años el joven Arthur vivió en un paí­s con un régimen absolutista y mayoría católica. La costumbre de vivir en este ambiente le serí­a de gran ayuda en los puestos que le esperaban en un futuro (en Irlanda, España y Francia).

En 1787 regresó a Inglaterra y el 7 de marzo consiguió el despacho de alférez en el 41º regto. de infanterí­a. El 25 de diciembre era ya teniente; capitán el 30 de junio de 1791; mayor (comandante) el 30 de abril de 1793, y teniente coronel del 33er regto. de infanterí­a el 30 de septiembre. Todos estos empleos los consiguió mediante el procedimiento de comprar los destinos (y con cierta ayuda de sus hermanos). Esto era algo habitual en el ejército británico de la época. Le dio tiempo, incluso, para ser elegido en 1790 miembro de la Cámara Irlandesa de los Comunes. Un testigo recuerda que las intervenciones del joven Wesley eran poco pulidas; hablaba de vez en cuando, y nunca con éxito; y no mostró ninguna promesa de la inigualable brillantez posterior. Como teniente coronel, pasó a Holanda al mando de su regimiento para unirse a las tropas del Duque de York que luchaban contra Francia. Era junio de 1794; se trataba de su primera campaña y una de las más penosas de su carrera, pese a que su desempeño llamó la atención (favorablemente) de sus superiores. En 1795 los supervivientes de la expedición (unos 6.000 de 22.000) fueron repatriados. A Wesley le ordenaron marchar con su regimiento a las Indias Occidentales, pero a causa de las tormentas los buques que los transportaban no lograron llegar a las mismas y hubieron de regresar. A tiempo para que le avisaran de su nuevo destino, siempre a la cabeza del 33er de infanterí­a: esta vez era la India.

En febrero de 1797 llegó a Calcuta con su regimiento. El 17 de mayo del año siguiente llegó su hermano Richard como gobernador. Pocos dí­as después Arthur cambió su apellido por Wellesley, como habí­a hecho Richard antes. Con el paraguas político de su hermano (lo que despertó no pocas envidias entre sus compañeros de armas), reorganizó el ejército británico en la India, y emprendió varias campañas para someter a la soberanía británica a los descontentos nativos. Su primer hecho de armas destacado fue la toma de Seringapatam, de la que fue nombrado gobernador. En 1799 fue nombrado, además, gobernador de Mysore. En estos gobiernos comenzó a mostrar las dotes de organizador que más tarde le serí­an de tanta utilidad. Su gran oportunidad llegó en abril de 1802, cuando, siendo ya mayor general (general de división), emprendió una campaña para sofocar una insurrección local. Esta campaña culminó en 1803 con la victoria de Assaye y la conquista de Mahratta. Fue hecho Caballero de la Orden del Baño, y obtuvo gran reconocimiento tanto en la ndia como en el Reino Unido. En febrero de 1805 renunció a todos sus cargos para regresar a las islas, adonde llegó el 10 de septiembre.

En noviembre de 1805 fue enviado (al frente de una brigada) a Hannover para luchar contra los franceses. A raí­z de la victoria francesa de Austerlitz sus tropas fueron evacuadas. Aún le dio tiempo en abril de 1806 para ser elegido miembro de la Cámara de los Comunes de Londres. Ese mismo año de 1806 se casó con Catherine Pakenham.

El 8 de abril de 1807 fue nombrado consejero privado y el 19 Secretario de Estado para Irlanda, a las órdenes de lord Richmond. Dejó momentáneamente el cargo en junio para hacerse cargo de una expedición a Dinamarca, aunque regresó pronto, en octubre. No sin antes obtener nuevos honores militares, que le valieron la felicitación del Parlamento. Claramente, la estrella polí­tica y militar de sir Arthur Wellesley, el hijo cortito de sir Garrett Wellesley, vizconde de Wellesley, y de su esposa Anne Hill, iba en ascenso.

El siguiente destino militar que tuvo fue el de una fuerza expedicionaria preparada en Irlanda para repetir la invasión del Rí­o de la Plata en la primavera de 1808. Sin embargo, antes de embarcar estalló la sublevación cí­vico-militar en España. Su fuerza fue entonces despachada a Portugal como parte del ejército de sir John Moore. A tal fin desembarcó el 20 de julio en La Coruña para entrevistarse con la Junta de Galicia. De allí pasó por mar a Coimbra para tomar el mando de sus tropas (3 de agosto), con las cuales derrotó al general Junot en Roliça y en Vimiero (21 de agosto). Fueron unas victorias en unas batallas que ni sir Arthur ni sus superiores habí­an previsto. Es más, sir Arthur ni tan siquiera tení­a derecho a comandar las tropas que usó para pelear contra los franceses, pero en ausencia de sus superiores, aprovechó la oportunidad para darle una lección a Junot. Los británicos tuvieron en sus manos la posibilidad de aniquilar completamente a Junot, pero Wellesley no era mas que un general subordinado, por lo que carecí­a de la libertad de movimiento de un comandante en jefe, y se perdió la oportunidad. No obstante, la derrota fue lo bastante severa como para obligar a los franceses a firmar la capitulación de Cintra. La polémica creada por los términos del acuerdo (excesivamente generosos para los franceses, le dijeron) hicieron que le fuera retirado el mando y enviado de vuelta a Londres. Afortunadamente para él, no negoció los términos de la capitulación por no estar presente en Cintra, y cuando le pusieron la pluma en la mano, protestó. Sólo la obediencia a sus superiores le hizo firmar a desgana. Recibió del Parlamento un voto de gracias por Vimiero, y tras ello y a la larga, la exoneración de cualquier responsabilidad en la firma del convenio de Cintra, pese a una fortísima campaña emprendida contra él. Por el contrario, los otros generales británicos implicados, Dalrymple y Burrard, perdieron su carrera. Sir John Moore perdió la suya, junto con la vida, en enero de 1809 frente a las puertas de La Coruña, por lo que también fue perdonado.

El gobierno británico querí­a reconstruir la expedición a la Pení­nsula, pero la situación en ella, a finales del invierno de 1808-09 era tal que ningún general se comprometí­a a poder hacer algo. Excepto Wellesley, que en intercambio epistolar con lord Castlereagh (Ministro de la Guerra del Reino Unido), le indicó la manera en que podrí­a protegerse Portugal y ayudar a los ejércitos españoles. En consecuencia, el 2 de abril Wellesley fue nombrado como comandante en jefe de la nueva fuerza expedicionaria en la Pení­nsula. Sus primeras tropas llegaron a Lisboa el dí­a 5, y él mismo desembarcó el 22. Por el camino habí­a escrito a lord Castlereagh acerca de la manera de lanzar una ofensiva contra Victor en el valle del Tajo junto con las tropas del general Cuesta. El general español le escribió en el mismo sentido, a lo que Wellesley dio su aprobación.

Pero antes, y en cumplimiento de las instrucciones que su gobierno le había dado, decidió expulsar de Portugal cualquier fuerza francesa, y así­ lo primero que hizo fue lanzar una ofensiva contra el mariscal Soult, cuyas fuerzas ocupaban Oporto. El 12 de mayo se hizo con esta ciudad, y sólo las marchas forzadas con las cuales las fuerzas francesas se retiraron en dirección a Orense le impidieron destruir completamente al ejército de Soult. En la frontera española Wellesley detuvo sus tropas para ordenar luego marchar hacia el sur, hacia Abrantes, punto de concentración antes de su entrada en España.

Durante el diseño de la campaña de Talavera Wellesley nunca dejó de ser consciente de las instrucciones que tení­a, que supeditaban a la defensa de Portugal cualquier maniobra en España, si bien le daban un generoso margen de libertad. En consecuencia, una de sus preocupaciones fundamentales fue mantener la comunicación de sus tropas con sus bases portuguesas. Aunque juzgó (en términos casi desdeñosos) la amenaza de Soult sobre sus lí­neas de comuncación, éste era su principal enemigo, y no el mariscal Victor.

Sobre esta premisa se fundamentó el desentendimiento entre Wellesley y Cuesta, cuyo diseño de campaña tení­a otros fines. A ello hay que sumarle el desencuentro personal que tuvieron los dos comandantes en jefe, un auténtico choque de caracteres entre el inglés joven, triunfador, de carácter frí­o (casi gélido) y reservado, y el castellano viejo ya entrado en años y poco polí­tico. La posterior excusa del incumplimiento de los acuerdos tomados en Casas de Miravete respecto a los suministros, y que apuntaban a Cuesta, y por elevación a la Junta Central no es mas que eso: una excusa, como han señalado acertadamente Sañudo y Stampa en su obra (v. Bibliografí­a).

Tras la toma de Talavera, y con la excusa de la falta de aprovisionamiento, Wellesley dejó en la estacada a Cuesta y a sus tropas, aunque a partir de las noticias del dí­a 26 (la conjunción de Victor y Sebastiani) se aprestó para el combate. Wellesley, entre otras virtudes militares, poseí­a un ojo de lince para elegir los campos de batalla, y el de Talavera no fue una excepción. Los dí­as pasados en la ciudad le permitieron tener en la mente un plan de batalla en caso de necesidad. Este plan le fue propuesto a Cuesta, quien aceptó el detalle del mismo. Por tanto el principal mérito de la victoria ha de otorgársele a él, a Wellesley, no sólo porque fue el comandante efectivo aliado durante la batalla, sino por la planificación que permitió a los aliados vencer.

Una vez asegurada la victoria Wellesley se animó y planeó, en principio, seguir la maniobra contra Victor diseñada en Casas de Miravete. Pero para entonces el ejército al mando del mariscal Soult (formado nada menos que por tres cuerpos de ejército franceses) se le echaba encima. Así­ pues, decidió abandonar, esta vez para siempre, la maniobra, y tras lanzar una nueva cortina de humo de excusas, con la complicidad de su hermano Richard, embajador del Reino Unido ante la Junta Central, marchó a Puente del Arzobispo (paso que Cuesta mantuvo abierto hasta el último extremo para que los británicos tuvieran expedito el camino), donde cruzó el Tajo hacia el sur, para desplegar luego entre Almaraz y Trujillo.

Fue convertido el 26 de agosto en Barón Wellesley del Duero y Vizconde Wellington de Talavera, por lo que se armó un nuevo escándalo periodí­stico al entender la prensa británica que el fiasco de la campaña no merecí­a tan alto premio. Sin embargo, a la larga el egoí­smo anglosajón comprendió perfectamente que Wellington habí­a salvado intactas sus tropas frente a la amenaza de una fuerza superior, y eso era lo importante, aunque por el camino de dejara a la altura del fango la palabra empeñada con un aliado.

El 3 de septiembre Wellington movió su cuartel general a Badajoz, donde lo mantuvo hasta finales de diciembre cuando, tras la derrota de Ocaña, las posiciones aliadas en los valles del Guadiana y del Guadalquivir se mostraron insostenibles contra los franceses. Wellington habí­a aconsejado, con enorme sentido militar, que el ejército español no se empeñara en la campaña que terminó en dicha derrota, pero su popularidad estaba lejos de ser alta ante la Junta Central, y su lúcido consejo no fue escuchado.

Desde el otoño Wellington habí­a ordenado construir defensas ante Lisboa en la línea de Torres Vedras, para el caso de que tuviera que fortificarse ante un ataque francés. El plan de la lí­nea de Torres Vedras era una idea portuguesa que Wellington llevó a cabo. Tras la conquista francesa de Andalucía el siguiente paso era la invasión de Portugal, para lo cual el mariscal Massena fue puesto el 17 de abril de 1810 al frente de un ejército. El sistema fronterizo portugués saltó por los aires, junto con la fortaleza de Almeida, el 26 de agosto. Las tropas de Massena invadieron el centro de Portugal. Wellington ganó una batalla defensiva el 27 de septiembre en Bussaco, con lo que consiguió el tiempo y el espacio para poder replegar sus tropas (incluyendo a sus fuerzas portuguesas y al ej´rrcito español al mando del Marqués de La Romana, algo menos de 10.000 hombres) a la lí­nea fortificada. Los franceses tomaron contacto con la lí­nea el 11 de octubre, y, tras varios intentos vanos por abrir brecha, acosados por la "ordenança" portuguesa (su versión local de la guerrilla) y las fuerzas ligeras del general Wilson, hubieron de retirarse el 14 de noviembre. Con ello quedaba roto el cerco, y el general Hill lo aprovechó para moverse hacia Badajoz (asediado por los franceses), en el flanco y retaguardia de Massena.

En diciembre los franceses recibieron nuevos refuerzos, y Massena reanudó su ataque. La toma de Badajoz en enero de 1811 eliminó la amenaza sobre el flanco izquierdo de Massena, pero la situación de los suministros se iba deteriorando con rapidez, de manera que en marzo los frenceses organizaron un repliegue general hacia Coimbra, al objeto de apoyar la retaguardia y lí­neas de comunicaciones en las fortalezas de Almeida y Ciudad Rodrigo.

Wellington persiguió con rapidez a Massena. Tras varios encuentros parciales en el mes de abril en Condexa, Casal Novo, y Foz de Aronce, Wellington logró un combate más decisivo en Sabugal el 5 de abril. Y tras ello, una victoria mucho mayor en Fuentes de Oñoro (provincia de Salamanca) del 3 al 5 de mayo.

Tras esta derrota la guarnición francesa de Almeida evacuó la fortaleza. Wellington decidió entonces poner cerco y tomar Ciudad Rodrigo. Para proteger su flanco derecho y tener expedita una segunda lí­nea de invasión más al sur, ordenó a su subordinado el general Beresford que se hiciera con Badajoz. Esta segunda maniobra terminó con la victoria aliada de La Albuera, el 16 de mayo, aunque el 10 de junio Beresford hubo de levantar el sitio de Badajoz. Ciudad Rodrigo, en cambio, cayó el 19 de enero de 1812, tras lo cual la población fue concienzudamente saqueada por nuestros aliados, los británicos. Retomó entonces Wellington el asedio de Badajoz, que acabó rindiéndose el 7 de abril. La ciudad fue también saqueada a conciencia por nuestros aliados, los británicos.

Con sus posibles lí­neas de avance despejadas, Wellington atacó entonces Salamanca, ciudad que los franceses habí­an fortificado. La ciudad terminó cayendo en sus manos el 27 de junio. El contraataque francés en tierras de Salamanca que siguió a la toma de la ciudad, comandado por el mariscal Marmont (que habí­a reemplazado a Massena tras Fuente de Oñoro), terminó el 22 de julio con la gran victoria británica de los Arapiles. Expulsados los franceses del centro de la Península, entró Wellington en Madrid el 12 de agosto. Como consecuencia de estos éxitos militares, fue nombrado Generalí­simo de los ejércitos españoles por la Regencia. Desde abril de 1809 era el comandante en jefe de las fuerzas británicas en la Pení­nsula y además, a través de su subordinado Beresford, que era el comandante en jefe del ejército portugués, también era el comandante militar efectivo de las fuerzas lusas. En definitva, Wellington se convirtió con este nombramiento en el comandante de todas las fuerzas que peleaban contra Francia en suelo español. Desde 1809, justo cuando estaba a punto de comanzar la campaña de Talavera, llevaban calentándole la oreja, españoles y británicos, con este nombramiento. Cargo al que, al menos en 1809, no le hací­a ascos por cuanto consideraba que la única manera de coordinarse con los mandos españoles (de los que tení­a pésima opinión ya entonces), era siendo él el jefe de los mismos.

Sin embargo este nombramiento no acarreó inmediatamente la victoria. Habiéndose acercado hasta Burgos con la intención de seguir la ofensiva, el tiempo, las lí­neas de comunicaciones, y ciertas desavenencias en la retaguardia le hicieron retroceder en invierno a sus bases portuguesas, abandonando incluso Madrid. Pero para cuando reanudó la ofensiva en la primavera de 1813, el balance estratégico estaba decididamente a su favor. El 23 de marzo de 1813 los franceses abandonaron de modo definitivo Madrid. En su persecución Wellington los derrotó en Vitoria (21 de junio) y en San Marcial (21 de julio). Siguió persiguiendo a los franceses, poniendo cerco a San Sebastián (que cayó el 8 de septiembre), cruzando la frontera por el Bidasoa (7 de octubre), para concentrar en noviembre a su ejército ya en territorio francés. La última batalla fue peleada el 10 de abril de 1814 cerca de Toulouse, de nuevo con éxito. Antes de esta fecha Napoleón habí­a abdicado de su trono, pero ni Soult ni Wellington lo sabían por entonces.

En junio de 1814, acabada la guerra, fue hecho Marqués del Duero y Duque de Wellington por la corona británica. Más tarde fue nombrado Duque de Ciudad Rodrigo, con grandeza de España, y recibió de Fernando VII el Toisón de Oro, la máxima condecoración de la monarquí­a española. Fue el primer no católico que lo recibiá.

Durante la Primera Restauración de los Borbones ocupó el cargo de embajador en Francia. Al regreso de Napoleón del exilio en Elba Wellington se hallaba en Viena, representando a su nación en el congreso que allí­ tenía lugar. Obtuvo el mando del ejército británico desplegado en los Paí­ses Bajos, reforzado por tropas de Hannover, Bélgica y Holanda. Con estas tropas, y el auxilio de los prusianos, derrotó definitivamente a Napoleón en la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815. Durante la Segunda Restauración fue nombrado gobernador militar de Parí­s.

Acabada la guerra, se retiró de la milicia para dedicarse de lleno a la polí­tica, con el apoyo de su inmensa fama como el gran vencedor de Napoleón. En 1819 entró en el gobierno británico. En 1828 se convirtió en Primer Ministro, de manera (por así­ decirlo) interina, hasta 1830. Regresó al gobierno como Ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete del Primer Ministro Peel, en 1834. Al año siguiente dejó el puesto, aunque no la polí­tica. En 1841 volvió a convertirse en ministro, esta vez sin cartera, y a la vez lí­der de la Cámara de los Lores. Se retiró de la polí­tica activa en 1846.

Convertido en sí­mbolo y héroe nacional, colmado de honores y rodeado de nobles falleció en el castillo de Walmer (Kent), el 14 de septiembre de 1852. Sus restos mortales descansan en la catedral de San Pablo, al lado de otros grandes hombres de la historia del Reino Unido, como Winston Churchill.

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