En el verano de 1997 el grupo de toledanos con el que viajé para estar presente en la Jornada Mundial de la Juventud en París regresó a tierras toledanas vía Hendaya. Al pasar por San Sebastián paramos para comer y para celebrar una misa en el templo de San Vicente. El sacerdote que nos acogió (un hombre mayor, de cincuenta y muchos o sesenta y pocos, muy bien hablado) nos dijo no hace tantos años en esta provincia no hubiera sido tan raro ver el espectáculo de tantos jóvenes participando, como vosotros habéis hecho, en el encuentro con el Papa, y en una misa en esta iglesia. Quizá incluso sean palabras textuales, porque el tono de resignada pena con que las pronunció se me quedó grabado en el alma.
Supongo que no será ajeno a semejante espantada el trabajo de unos cuantos de los sacerdotes que llevan años trabajando en la línea pastoral y estilo eclesial que se han ido forjando en nuestra Diócesis, como ellos mismos acaban de escribir, aunque si es cierto que tal trabajo pastoral ha sido hecho en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II con el aliento y dirección pastoral de nuestros obispos, entonces, como en el chiste, es que alguien engañó a alguien.
En el verano de 1999 peregriné a Santiago de Compostela con un grupo de alumnas y madres de mi antiguo colegio, el de la Compañía de María en Talavera de la Reina. En Santiago nos alojamos en un colegio religioso, y allí compartimos espacio y charlas con los jóvenes de la parroquia de Zumárraga, entonces a cargo del actual obispo de San Sebastián. Si no me falla la memoria, fue entonces cuando le conocí personalmente. Aunque antes de eso ya había hablado por teléfono con él, y ya conocía de referencias a los hermanos Munilla, puesto que como ambos estudiaron en Toledo, tenemos amigos comunes. José Ignacio Munilla me pareció un siervo de Dios que se tomaba muy en serio su labor como sacerdote y como pastor de almas. Y sus frutos estaban allí, a la vista: había tantos jóvenes de Zúmarraga en Santiago como toledanos, dos años antes, en la iglesia de San Vicente, pese a estar Zumárraga en mitad de las comarcas vascas más arrasadas eclesiásticamente, especialmente entre la juventud, a causa del nuevo dios pagano y caníbal que llevan más de treinta años adorando los que le han vuelto la espalda a Jesús de Nazaret. Sin que, por cierto, la línea pastoral y estilo eclesial que se han ido forjando en nuestra Diócesis, hayan servido de mucho remedio.
Por eso, cuando los sacerdotes guipuzcoanos escriben de monseñor Munilla que conocemos de cerca la trayectoria pastoral de D. José Ignacio Munilla como presbítero, profundamente marcada por la desafección y la falta de comunión con las líneas diocesanas, me pregunto si eso es realmente una censura, o por el contrario, vistos los frutos que tan amargamente nos exponía el sacerdote en 1997, es simplemente envidia. O algo peor.
Recordando aquel capítulo de la vida de Santa Teresa de Jesús en que recibió con alegría la noticia de que le ponían trabas a una de sus fundaciones, porque en esa oposición veía la mano del demonio, el gran enemigo, y la confirmación por tanto de que lo que ella iba a hacer era obra de Dios (argumento muy ignaciano), pienso que a monseñor Munilla le está sucediendo lo mismo.
No soy diocesano de monseñor Munilla, pero eso no va a obstar para que de aquí en lo sucesivo rece por él.
En Ti confío, yo también.