Archivo de la categoria 'Cartas a Carmen'

ago 04 2009

Cartas a Carmen: Epílogo

Publicado por en Cartas a Carmen

Con la retirada de las tropas aliadas de Talavera, el 3 de agosto de 1809, el granadero José termina el relato de sus vivencias particulares en la campaña de Talavera.

 

Ha sido divertido tratar de ponerse en la piel de un protagonista de la campaña. No espero con estos relatos ganar un concurso de literatura, ni tampoco emular a Pérez Galdós en su obra. No obstante, mis conocimientos acerca de la historia de la batalla y la campaña, y mi experiencia personal como recreador histórico, creo que me sitúan bien para escribir estas Cartas a Carmen sin hacer con ello un destrozo de la historicidad de los hechos, vistos desde una perspectiva particular a ras de suelo, o de barro. Ha constituido, además, una manera sencilla (aunque trabajosa, he de admitirlo) de conmemorar las fechas del segundo centenario de la batalla de Talavera.

 

Quizá en otro momento continúe las aventuras del granadero José, y de Carmen, a quien escribe. Cuándo, ya veremos. Sé que estas cartas no han desagradado a los habituales de esta web, si he de juzgar por el número de visitas que han recibido, incluso en fechas complicadas por el comienzo de las vacaciones. Pero descarto que la continuación haya de ser a corto plazo. No habrá, por tanto, relato del combate de Puente del Arzobispo, ni mucho menos carta desde Almonacid, porque en este último caso, además, la presencia de José sería complicada de justificar.

 

Y, en fin, si alguno de mis habituales lectores desea dejar un comentario, bien aquí, en esta entrada, o a través de un email, se lo agradeceré mucho. Buen verano a todos.

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ago 03 2009

Cartas a Carmen (IXª parte): 3 de agosto de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 3 de agosto de 1809

 

Querida Carmen:

 

En mi última carta terminé mi relato con las noticias del combate que tuvimos que librar, inesperadamente, en la noche del día 27. Era mi intención continuar el relato, pero luego caí en la cuenta de que ya te había contado que el día 28 también entramos en combate por lo que no merece la pena repetirme. El recuerdo de aquel combate y de la gloria de la victoria pesa mucho en el recuerdo. Y más ahora en que parece que las cañas se están tornando lanzas. Seguimos acampados en Talavera, descansados aunque no tan bien comidos como nos gustaría. No nos hemos puesto en movimiento hacia delante. Después de varios días de dimes y diretes acerca del porqué, ya lo sabemos: mientras nosotros avanzábamos hacia Madrid los gabachos habían reunido otra mase de maniobra, y estaba cayendo a nuestras espaldas para acometernos entre por la espalda.

 

Las intenciones de nuestros generales eran ordenar el avance el pasado lunes 31, pero ese mismo día temprano llegaron noticias de las partidas a caballo que operan entre Salamanca y las sierras al sur, para decir que la masa francesa estaba en marcha. Al día siguiente supieron que Plasencia había caído, y que la fuerza francesa seguía avanzando hacia el Camino Real. De alcanzarlo no podríamos usar en lo sucesivo esa ruta para nuestro aprovisionamiento. Al menos no sin luchar. No es que haya mucho: escasea todo tipo de alimentos, porque este país no lo tiene, y lo que nos llega desde Trujillo o Plasencia nunca llega a ser suficiente. Ahora ya ni tenemos la tierra de Plasencia para abastecernos.

 

Ayer por la noche marcharon de esta villa los británicos, dejando detrás a los heridos de su ejército que están más graves o imposibilitados de moverse. Nos dijeron nuestros oficiales que a fin de despejar los caminos, ellos enfrentarían a los franceses de Plasencia, con el apoyo de algunas de nuestras tropas. El número de unos y otros es parejo, y viendo a los británicos como pelean, no dudo de que ellos llevan la ventaja.

 

En cuanto a nosotros, seguimos montando guardia frente a los franceses de Victor disimulando la ausencia de nuestros aliados para evitar que esta maniobra se frustre.

 

Más tarde:

 

Así estaban las cosas cuando nuestros oficiales nos han reunido para decirnos que hay peores noticias: los franceses que caen sobre nosotros nos superan en número incluso sin necesidad de juntar sus fuerzas con los del Alberche. No queda sino marchar nosotros también para reforzar a nuestros aliados y enfrentarnos juntos a este nuevo ejército enemigo. Nos dicen también que una vez derrotados y alejados de los caminos principales, retornaremos la ofensiva hacia Madrid.

 

Querida Carmen, no me creo lo que me dicen, porque no me figuro de qué manera podríamos derrotar a un ejército enemigo de forma que no vuelvan nunca ni hayamos de dejar guardia en su dirección por si intentaran acometernos de nuevo. No creo que haya ocasión de regresar a esta villa si marchamos de ella.

 

Tampoco en la villa las cosas han cambiado mucho, salvo a peor. Los hospitales, los cuarteles, los conventos… están llenos de heridos, británicos en su mayoría. Y como incluso eso es poco, y han tenido que alojarlos en casas particulares. Parecería que por cada habitante de Talavera hay un herido de nuestro ejército. Peor aún es que además de padecer de sus heridas padecen igualmente de pocos alimentos. Los habitantes de la misma se dan cuenta de ello incluso con mas claridad que nosotros, y es para ellos una situación de mucha zozobra, porque temen la venganza y la rapiña de los franceses luego de habernos recibido como a libertadores, y también se desesperan por la situación de los muchos heridos que aquí quedan y que en esta coyuntura habrán de guardar durante meses, e incluso habrán de proteger de la violencia francesa.

 

Nos queda un sabor amargo porque después de una victoria tan sufrida como la que hemos logrado es triste marchar hacia atrás, y no hacia a delante. Y es más amargo aún porque pensar que dejamos atrás gente que queda otra vez en manos de la furia del invasor nos entristece a todos. Pese a ello cumpliremos con nuestro deber de soldados, sea donde sea. Porque si no lo hacemos sí que abandonaremos a esta pobre gente a su suerte.

 

No puedo extenderme más, querida Carmen, porque pronto vamos a formar para marchar hacia Oropesa, donde nuestros aliados nos esperan para unir fuerzas y seguir batallando contra nuestros comunes enemigos. Espero poder escribirte desde allí. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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jul 30 2009

Cartas a Carmen (VIIIª parte): 30 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 30 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Ayer me encontraba fatigado después del esfuerzo de la batalla, y por ello mi cabeza no estaba del todo despejada para poder relatarte lo que sucedió aquí hace dos días. Excúsame por ello. Me pareció importante, y me lo sigue pareciendo, enviarte noticias cuanto antes de la victoria y de mi estado de salud, antes que hacerte un relato claro del combate.

 

Hoy seguimos acampados en Talavera descansando aún del esfuerzo de la batalla, y procurando comer algo, cosa que no es fácil en una tierra que ya antes de la batalla se encontraba en una situación muy miserable. En cuanto hayamos descansado y comido algo, nos dicen que volveremos a perseguir a los franceses. Solo que ahora, tras haberlos derrotado, dudo que paremos aunque nos presenten cara en otra parte. Nos dicen además que las tropas del general Venegas están frente a Toledo. Eso hace 15.000 soldados más cerca de nosotros. Por su parte, los británicos recibieron ayer por la mañana el refuerzo de una brigada completa. Con estas fuerzas podemos fácilmente derrotar a los gabachos que hay de aquí a Madrid.

 

Pero en tanto estas cosas se hacen evidentes, nosotros, la tropa, estamos más preocupados por descansar y restañar las heridas que el combate ha dejado en nuestras filas. En esta parte los británicos tienen más daño que nosotros. Ellos han sufrido miles de bajas. Causa espanto ver la continua procesión de soldados heridos siendo transportados en carretas, o ayudados por sus compañeros, camino de la villa. No me he acercado por ella desde la batalla. Otros compañeros sí lo han hecho, y cuentan que por todas partes hay heridos, y que incluso hay calles por las cuales transitar es difícil porque los soldados se encuentran tendidos fuera de las casas, tan grande es su número.

 

Por si eso fuera poco, hay centenares de muertos tendidos aquí y allá, donde cayeron heridos, o donde sus camaradas los arrastraron pensado en salvarles. En algunos sectores son tantos que los ingleses han recibido orden de no enterrarlos sino de incinerarlos.

 

¿Te creerás que pese a la pena de ver tantos camaradas caídos no he visto ni a un solo británico que haya perdido la moral? Muy al contrario, con una bravuconería casi insolente (si no fuera porque han demostrado más que de sobras su valor y coraje), se consideran capaces de echar a patadas a Victor hasta el Ebro. A nosotros nos pasa lo mismo, si bien para nosotros la victoria no ha sido amargada por tantas bajas como las suyas.

 

Pero basta ya de estas escenas, que bastante horribles son de ver como para demás relatarlas. Quiero ahora contarte mejor cómo fue la gloriosa victoria de nuestras armas.

 

Cuando el día 27 cruzamos de nuevo el Alberche yo estaba persuadido de que ocuparíamos las posiciones frente a los vados de este río, a fin de prevenir el cruce de los franceses. Si ellos nos habían retenido dos días frente a los mismos por la dificultad de cruzar frente a un enemigo, no había razón para que nosotros no hiciéramos lo mismo. Pero nos ordenaron que, después de cruzar, nos dirigiéramos a un punto cercano a un cauce llamado Portiña, a dos o tres leguas del Camino Real. Al principio lo juzgamos una locura, pero entonces nuestro coronel, don Juan Chacón, dijo que era una magnífica idea: si guarnecemos los vados una corta fuerza enemiga se basta para sostenerse frente a ellos mientras los demás quedan libres para otra maniobra. Por el contrario, al desplegar a distancia del río, quedan obligados a cruzar y a presentar batalla.

 

Animados por esta opinión favorable, marchamos más contentos a ocupar nuestra posición en la línea de batalla, en el centro mismo del ejército aliado. A nuestra derecha quedaba un espacio como de 1500 varas hasta la villa misma de Talavera, y de la misma al río Tajo unas 750 varas más. Todo éste era el frente que defendían nuestras tropas, desplegados en campo abierto y por delante de las murallas de la villa misma. El terreno por delante de nosotros era llano, si bien cortado por cercas y pequeños bosques de olivos y alcornoques. A nuestra izquierda había un reducto que los ingenieros ingleses habían completado con trincheras, zanjas y otras trampas, alrededor de un edificio que allí había, y que llaman Pajar de Vergara. En dicha posición se habían situado unos quince cañones de tres baterías, dos británicas, y una española. Antes de este reducto finalizaban las líneas de nuestro ejército y comenzaban las de nuestros aliados.

 

Justo en el punto del reducto el cauce del Portiña hace una curva para ir a morir al Tajo detrás de la villa, de manera que nosotros teníamos el arroyo a nuestras espaldas, en tanto que en todo el frente de los británicos, excepto en el reducto del Pajar, el agua los separaba de los franceses. No creas que era un obstáculo serio: por todas partes puede vadearse sin que una formación de combate se descomponga. Por detrás del cauce la línea británica  se prolongaba en dirección norte hasta una altura que dominaba el terreno de alrededor, y de la altura situada frente a él, al otro lado del Portiña. Desde el Pajar hasta el cerro hay una distancia de quizá media legua. Ése era el frente que cubrían las tropas de nuestros aliados. Más al norte del cerro hay un valle llano y sin obstáculos porque es tierra de labranza. Al norte este valle queda cerrado por una cadena de montes más escarpados. Ni en el valle ni en estos momentos se desplegó ninguna tropa. Por lo que tengo oído, el plan de batalla entero era fruto de la mente del general Wellesley, y éste no consideró oportuno cubrir ese terreno, en la inteligencia de que los franceses tratarían de atacarnos justo en el centro, donde se levanta el reducto. Esto lo hemos sabido después; de haberlo sabido entonces no hubiera sido tan ufano nuestro despliegue.

 

Nuestra división fue colocada en segunda línea de nuestro ejército, detrás de la Tercera de infantería, dejando entre una y otra división el cauce del Portiña. A diferencia del combate del día 22 era el nuestro uno de los cuerpos bisoños, por lo que desplegamos con los regimientos de Irlanda y de suizos en el centro, los batallones de Truxillo a la derecha y nuestro regimiento a la izquierda.

 

Al caer la tarde escuchamos a nuestra izquierda el inconfundible fragor de una lucha empeñada. Antes, como a media tarde, escuchamos tiros por delante y a nuestra izquierda, pero a más distancia, y además luego se volvió a hacer el silencio. Ahora conocemos que ese tiroteo se debió al combate entre los franceses que cruzaban ya el Alberche y la retaguardia británica que retrasaba su avance para permitir el despliegue de toda nuestra fuerza. Pero el ruido de combate que oímos al caer la tarde era mucho más intenso y se prolongó por más tiempo. Al frente de la Tercera una fuerza de caballería reconoció su posición y hubo disparos, pero esto fue poca cosa comparado con lo que te describo. Se trataba de que los franceses, a traición, pretendían hacerse con el cerro. Y, por supuesto, los británicos lo defendieron con gran ahínco y bravura hasta arrojar a los franceses lejos de esa posición.

 

Dimos por completa la jornada entonces. Grave error. En lo más oscuro de la noche cuando ya la mayor parte dormía, una fuerza francesa muy numerosa acometió el frente de la Tercera, que al no estar alertada, tardó en responder y componer sus líneas. Hubo quien, por ello, determinó que la jornada estaba perdida. Lamento tener que escribir que hubo corazones que flaquearon y huyeron. Pero fueron los menos, pues todos los que aquí estamos sabemos a lo que venimos y nos toca hacer. Al cabo la Tercera formó sus líneas, no sin perder hombres y terreno. Como a su izquierda la brecha parecía mayor, mi regimiento hubo de adelantarse para cerrar el hueco entre el Pajar y la Tercera. Así recibimos el primer plomo de la batalla: de noche, sin ver bien a nuestro enemigo, y en una posición que no era la que nos correspondía. No obstante no fue mucho el daño que recibimos entonces: nuestras líneas se consolidaron, y al ver los franceses nuestra determinación, sin que lo oscuro de la noche les fuera de ayuda, se retiraron. Volvimos entonces a nuestros vivaques, aunque dejando guardia reforzada. Pocos durmieron esa noche. Además, el frío y el suelo húmedo no ayudaban tampoco a conciliar el sueño.

 

Y aquí he de finalizar este relato, que queda inconcluso por miedo a aburrirte con detalles bélicos que si bien son ya parte inseparable de una jornada gloriosa de nuestras armas que rivaliza con las mayores victorias de la historia de España, requieren más espacio del que quiero darle a esta carta. Si me he extendido más de la cuenta, espero que sepas perdonarme. Pero con ello he querido decirte que me he comportado con honor y con vergüenza en esta alta ocasión, para que no tengas que avergonzarte ante nadie, y que si oyes alguna palabra de crítica, puedas decir con orgullo que tu José estuvo allí y cumplió su deber sin desdoro.

 

Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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jul 29 2009

Cartas a Camen (VIIª parte): 29 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 29 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Esta carta ha de ser breve por necesidad: estoy muy cansado. Ayer hubo una gran batalla en este suelo. Hemos vencido, Carmen; hemos derrotado a los franceses. Se han retirado tras el río Alberche dejando detrás de sí miles de bajas, veinte cañones y varias banderas.

 

No te preocupes por mí: estoy bien. Pese al empeño de la lucha, que ya te relataré con más tiempo, no tengo ni un solo rasguño. Hay gente de mi compañía herida, y dos muertos, pero ninguno es gente que tú conozcas.

 

Nuestros aliados los soldados británicos se han cubierto de gloria en este campo. Tres veces les han acometido en su posición principal, que se encuentra a la izquierda de nuestras líneas. Tres veces han rechazado a los gabachos haciéndoles gran número de bajas. En la última acometida, que fue ayer tarde en lo más recio del calor del día, los franceses atacaron también el reducto del que te escribí, y en el que se apoyaba nuestro flanco izquierdo. Eso hizo que el golpe francés cayera sobre las posiciones de mi regimiento. Cumplimos con nuestro deber muy honrosamente: rechazamos al enemigo, que ni se hizo con el reducto ni logró romper nuestras líneas. Y luego fue perseguido por nuestra caballería, en una bellísima estampa de combate que espero que los siglos por venir recuerden.

 

Excúsame, querida Carmen. Estoy tan fatigado después de la lucha que se me mezclan las ideas y no acierto a escribir un relato que tenga sentido. Dejaré aquí esta carta y proseguiré en otro momento. Tuyo, etc., etc.

 

Más tarde:

 

Querida Carmen, me encuentro algo más reposado y por ello retomo mi escrito para relatarte algún detalle más de la gran batalla que se dio aquí.

 

Te escribí antes que nuestros aliados británicos aguantaron bravamente tres acometidas francesas. Esto te lo he escrito en primer lugar porque ellos son los que se han llevado el mayor sacrificio y por ende la gloria más grande. No creas que eso significa que nuestro ejército no haya padecido lo suyo.

 

Fuimos atacados la noche del 27, cuando se habían apagado los ecos del ataque francés, al ocaso, contra el cerro que defendían los británicos. No te ocultaré que nos tomaron por sorpresa, y en mitad de la confusión, mientras intentábamos formar nuestras líneas de batalla, se creó una confusión tal que tuvimos que ceder terreno, y algunos llegaron a pensar por ello que nuestra línea de batalla se había roto, quedando comprometida la suerte de nuestras tropas. No sucedió eso: nos rehicimos, y pese a no ver con claridad a los enemigos, el vigor de nuestra respuesta bastó para frenarlos. El resto de la noche lo pasamos muy intranquilos y con frío; pocos durmieron.

 

Al día siguiente, 28, en lo más recio del combate, la posición artillada a nuestra izquierda fue asaltada por una división de soldados alemanes y holandeses al servicio del invasor. Esta fuerza, poderosa si se maneja bien, se acercó descompuesta, como si marchara desacompasada. Llegados hasta los cañones, trataron de asaltar la posición en tal desconcierto que pudimos hacerles fuego sobre su derecha, totalmente expuesta a nuestros disparos. Ellos respondieron, pero en tanto se detenían para contestarnos, sufrían las descargas de la artillería a muy poca distancia. Estaba claro que así no podían seguir mucho rato, y al cabo, en efecto, se retiraron con un desorden aún mayor que el que tenían al principio. Para terminar este episodio, uno de nuestros regimientos de caballería (creo que fue el del Rey) cargó contra ellos en su retirada, causándoles aún mayores estragos.

 

Más tarde aún:

 

Tenía intención de seguir relatando lo que sucedió ayer en este campo de batalla, querida Carmen, pero me han reclamado para ayudar a los británicos en la triste tarea de despejar el terreno de los muchos muertos y heridos que aún lo cubren. Termino ésta y mañana te enviaré otra. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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jul 27 2009

Cartas a Carmen (VIª parte): 27 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 27 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Estamos de vuelta en nuestras antiguas posiciones de la villa de Talavera, como puedes leer. Y te preguntarás porqué. La explicación es bien sencilla. Te escribí desde el pueblo de Alcabón con la sospecha de que los franceses tras los que llevamos una semana habían recibido refuerzos. Por desgracia, así fue, y con estos refuerzos nos superaban en número.

 

Enardecidos por ello, la mañana de ayer fueron ellos los que nos atacaron a nosotros, como algunos temían desde la noche anterior. Precisamente gracias a esa prevención estábamos alerta. Así pues, cuando nuestros generales vieron salir del pueblo de Torrijos las líneas de soldados franceses, bien formadas y listas para acometernos, tenían claro en sus mentes que no era el momento de sacrificar este ejército formado a tan alto precio en una estéril resistencia. Ni las posiciones que ocupábamos lo merecían, ni tampoco eran las más adecuadas para resistir el empuje de una fuerza superior como la que se nos venía encima. Y ya hemos demostrado nuestro valor en los días pasados, por lo que no hay miedo a que tachen este movimiento de simple apocamiento.

 

Pero como el movimiento del ejército ha de hacerse de manera concertada, sin prisas y sin desorden, nos correspondió a la división de Vanguardia y a la caballería del Duque de Alburquerque salir en defensa de esta maniobra cubriendo la retaguardia de nuestras tropas.

 

Formamos de la misma manera que el día 22 frente a Talavera: nuestra compañía tenía como misión asegurar una línea sólida en el centro de nuestro despliegue, entre dos compañías más bisoñas. A nuestros flancos formaban las demás fuerzas de nuestra División, en tanto que nuestra caballería se mantenía delante de nosotros, en contacto con los franceses, apoyadas sus fuerzas por una batería a caballo.

 

Como la presión sobre ellos iba en aumento, se retiraron, después de haber frenado el ímpetu del empuje francés. Nos tocaba a nosotros seguir con su tarea. Como ya estábamos prevenidos, nuestras primeras descargas hicieron daño a los gabachos, y vimos cómo se detenían sus fuerzas de vanguardia para replicar a nuestro fuego. En tanto ellos dudaban, nosotros replegamos nuestras posiciones en la misma dirección por la que nuestros compañeros marchaban a Talavera. Avanzaron de nuevo, y por segunda vez les frenamos gracias a las descargas de nuestros mosquetes. Era evidente que de seguir así, los gabachos nunca obtendrían ventaja, y entonces su comandante, el mariscal Victor, del que nunca hemos sospechado que fuera tonto, trató de aprovechar su ventaja en número haciendo salir de Torrijos a su caballería para que se desplegara a izquierda y derecha de nuestra posición. El terreno entre los dos pueblos de Torrijos y Alcabón es completamente llano, como una mesa, sin ninguna eminencia del terreno. Aquí y allá los campos están partidos por cercas de piedra en los que se apoyan altas y espesas masas de espinosas cambroneras. Pero esto no es un obstáculo serio para la caballería, que tiene espacio más que de sobra para desplegarse y avanzar. De haberle salido bien la maniobra, rodeada por ambos flancos y contenidos al frente, nuestra División se hubiera visto muy comprometida.

 

Gracias a Dios nuestro general es uno de los más duchos y avispados de los Reales Exércitos. Apenas se dio cuenta del intento de los franceses, ordenó a la caballería de nuestra división que aliviara la presión que nos hacían. De inmediato los valientes jinetes de los regimientos de Calatrava y dragones de Villaviciosa se desplegaron y embistieron contra los franceses, frenando su avance. No fue para ellos un combate de broma. Tengo entendido que fue baja uno de sus coroneles.

 

Pero su trabajo consiguió el efecto deseado. Momentáneamente detenidos de nuevo los franceses, nuestras fuerzas dejaron atrás el pueblo de Alcabón, marchando hacia Santa Olalla. Ya no tenían ellos la posibilidad de atraparnos.

 

Las órdenes que recibimos apenas formamos líneas a distancia de los franceses fueron de dirigirnos tan rápido como se pudiera hacia Talavera. Como nuestra disposición era buena gracias al descanso y a haber comido algo mejor que en días anteriores, tuvimos el río Alberche a la vista al caer la tarde de ayer. Pensamos que íbamos a cruzarlo de inmediato, pero no fue así. En cualquier caso, nos sentimos enormemente reconfortados cuando vimos aparecer las filas de soldados con casacas rojas, ya cerca de Cazalegas, porque con la unión de los dos ejércitos ya no era tanto de temer una acometida francesa.

 

Acampamos en la orilla izquierda del río Alberche. Allí, en nuestros vivaques, nuestro coronel, don Juan Chacón, nos dio la noticia de que para la batalla inminente (así se expresó) mi compañía vuelve a reunirse con las demás tropas del regimiento. Mañana ya marcharemos con ellos.

 

Esta mañana, apenas ha habido luz para ello, hemos cruzado el río Alberche para ocupar las posiciones que nuestros oficiales dicen que son de batalla. Todos damos por cierto que estamos en vísperas de un gran combate entre el grueso de nuestros dos ejércitos.

 

Nuestra posición se encuentra situada en la izquierda de la línea de nuestro ejército, detrás de un arroyo llamado Portiña. Formamos la segunda línea de nuestro ejército, detrás de otra de nuestras divisiones de infantería. Más a la izquierda de nuestra división no hay ya tropas nuestras sino un reducto fortificado que los ingenieros ingleses han preparado con artillería. Detrás de nosotros está la reserva de nuestro ejército, y a nuestra derecha, hasta las murallas de la villa de Talavera, se escalonan las demás divisiones de nuestro ejército.

 

Todos estamos listos para la batalla. La persecución de los franceses es muy lenta, así que todos damos por cierto que será mañana. Mañana, querida Carmen, estaré muy ocupado para escribirte. Por lo menos no te olvides tú de mí. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

 

Más tarde, desde el mismo campamento:

 

Todo lo anterior lo he escrito por la mañana, después de instalarnos en nuestros vivaques. Ya es casi de noche, y se oyen disparos por nuestra izquierda. Me dicen que los franceses han cruzado el río Alberche y que se están tiroteando con las patrullas británicas. Mañana, querida Carmen, habrá una gran batalla en este mismo terreno en el que estoy ahora. No temo por mi suerte: soy un soldado y cumpliré con mi deber. Reza por nosotros, y muy especialmente por los que mañana van a caer en el combate.

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jul 25 2009

Cartas a Carmen (Vª parte): 25 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Alcabón, 25 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Después de haber pasado dos días acampados en Talavera de la Reyna, frente por frente a las posiciones francesas situadas al otro lado del río Alberche, ayer por la mañana cruzamos al fin el mencionado río. ¡De nuevo estamos en campaña, y de nuevo en dirección a Madrid! No te puedes hacer cabal idea de lo satisfechos que marchamos todos. Nuestra alegría sería mayor si nuestros aliados hubieran actuado a la vez que nosotros, y marcháramos unidos. Pero sus tropas, en estos momentos, marchan a retaguardia de las nuestras, y eso es un problema.

 

Supongo que estas palabras mías te resultarán un poco confusas. Para mí, hace unos meses, también habría sido un misterio entender lo que sucede. Sólo después de haber pasado por la experiencia de ser instruido en el arte de la guerra, y pese a ser sólo un granadero más, puedo comprender la preocupación de nuestros oficiales. Tal como lo interpreto te lo cuento para que tú también lo entiendas.

 

Cuando cruzamos el río el día 24, pensando que al otro lado estarían nuestros enemigos dispuestos a darnos batalla, resultó que allí no había nadie. Se habían retirado. Y lo malo es que no sabíamos si lo habían hecho hacia Toledo por vía de Cebolla y La Puebla de Montalbán o hacia Madrid por vía de Maqueda y Navalcarnero. Nuestros jefes nos urgieron a avanzar tan deprisa como fuéramos capaces en pos del enemigo, a fin de localizar su retaguardia, pero no pudimos hacerlo. Llegamos ayer al mediodía a un pequeño pueblo llamado El Bravo, como a cuatro leguas de Talavera, pero no nos detuvimos, y seguimos marchando por el Camino Real hasta llegar a Maqueda, otras tres leguas más allá, que es un cruce de dos importantes caminos. No llovía, y el calor era muy molesto.

 

Estando en Maqueda nos dijeron que habían llegado noticias ciertas de que la tropa francesa, los soldados a las órdenes del mariscal Victor, se había retirado a Toledo y no a Madrid. De inmediato, y sin apenas descanso, cambiamos el Camino Real por la carretera que lleva a Toledo desde Maqueda. Una o dos leguas más adelante encontramos otro pueblo llamado Torrijos, en el que no llegamos a entrar porque antes de llegar a dicho pueblo por fin encontramos la retaguardia de los gabachos, tras la cual llevábamos toda la jornada. Hubo algunos tiros entre nosotros y sus patrullas, pero fue poca cosa, casi decepcionante. Nuestro general, Zayas, que es una de las mejores cabezas de este ejército nuestro, nos ordenó retirarnos al cobijo de otro pueblo llamado Alcabón, donde nos hallamos. Por su parte, los gabachos se retiraron al amparo de las casas de Torrijos, y allí siguen. Entre un pueblo y otro sólo se mueve nuestra caballería, gastando el terreno y reconociendo las posiciones de los franceses, y alguna patrulla de nuestra división, con la simple misión de molestar a los franceses en tanto se reúne aquí nuestra tropa. El grueso de nuestro ejército nos dio alcance esta misma mañana, con lo que estamos acampados casi al completo de nuestra fuerza entre Alcabón y Santa Olalla, en el Camino Real.

 

Y volviendo a los británicos: ellos se quedaron en el cruce de Cazalegas, apenas una legua delante de Talavera, prevenidos de que los franceses no se lanzaran con su caballería contra nuestra retaguardia en tanto no se supiera de su paradero. Ésa es la razón militar de este movimiento extraño de separarse nuestras tropas de las suyas. Si bien no te oculto que entre nuestros jefes se habla solapadamente de que los británicos no vienen porque su jefe les ha dicho que no vengan, y que el avance a Madrid, si había que hacerlo, lo haríamos solos nosotros. No quiero creer esto que dicen. Todos los soldados británicos con los que he hablado arden en deseos de batirse con los soldados enemigos, a los que no reputan ni por asomo mejores que ellos. Y también porque he visto personalmente a su comandante en jefe, sir Arhur Wellesley. Su rostro es el de un hombre de honor, en el que brillan por igual la inteligencia y la nobleza. ¿Dejaría un hombre así abandonado a nuestro general, el bravo Cuesta, y a nosotros, sus aliados? Es imposible de creer.

 

Hoy 25 nos lo han dado como jornada de reposo, y no ha llovido apenas en todo el día. Gracias a este descanso nos ha dado alcance un convoy de pertrechos. Y por si eso fuera poco los pueblos que te he mencionado están en bastante mejor situación que Calera o Talavera de la Reyna, por lo que hoy estamos comiendo algo mejor que ayer. También hemos recibido correspondencia de casa, y algunos envíos, y eso hace igualmente que estemos de mejor humor.

 

Hemos leído en la compañía, con gran alegría y hasta con lágrimas en los ojos por los recuerdos de casa que ello nos ha traído, la carta de don Javier, nuestro párroco. Hemos igualmente recibido la ropa que nos habéis enviado, y que nos viene como aire fresco en día de calor. Ayer nos llovió algo, como te dije, y con esta ropa nos hemos podido secar y mudar de prendas, para mayor comodidad de todos. Yo visto en estos momentos, mientras te escribo, la camisa que me has hecho, y me emociono cuando pienso en el amor con el que me la has preparado. También me ha llegado el tabaco que me envías, si bien de este envío poco voy a disfrutar después de haber repartido entre los camaradas que no tienen.

 

Comidos y descansados, o al menos tanto como ha sido posible, y con moral alta, mañana sería un día adecuado para acometer de nuevo a nuestros enemigos. Parece que no va a ser así. Según ha ido avanzando el día nuestras patrullas nos dicen que la actividad y osadía de los franceses va a más. Si estuvieran aquí nuestros aliados, no se atreverían a tanto. Pero, si han sido reforzados desde Toledo y Madrid, se encuentran con más número de soldados que nosotros, y ello mucho me temo que les llevará a atacarnos. Aunque la suerte de nuestras armas no tienen porqué sernos desfavorable, y mis camaradas, por lo que les oigo, está prontos a batirse, parece que nuestros generales prefieren elegir ellos el momento y el sitio, sin dejar a los franceses que ellos sean los que escojan. Sea como sea lo que suceda mañana, estamos prontos a cumplir nuestro deber.

 

Mis camaradas están, igual que yo ahora, escribiendo de vuelta a nuestras casas para dar noticias de nuestra situación y también para agradecer este inesperado regalo que hemos recibido. Querida Carmen: agradecemos de corazón las manos que nos han escrito y nos han vestido hoy. Beso tus manos, que han encontrado tiempo para hacerme ropa y enviarme para mis necesidades. Agradece igualmente a don Javier la bondad que ha tenido al escribirnos y reconfortarnos. Pídele que rece por nosotros, porque aunque mañana no luchemos, lo haremos, con seguridad, en otro día no a tardar mucho. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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jul 23 2009

Cartas a Carmen (IVª parte): 23 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 23 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Te escribí mi última carta desde la villa de Talavera, a la vista del río Alberche, cuyo cruce en armas para seguir combatiendo a los franceses dábamos como cierto. Esta nueva carta está escrita desde el mismo lugar, puesto que nuestras esperanzas para el combate han sido vanas.

 

Nos levantamos antes del alba. Llovía de nuevo sobre nosotros, como en días pasados, pero no de forma que impidiera iniciar batalla. No hay peor enemigo para el infante que la lluvia: cuando marchas no puedes protegerte de ella y cuando acampas todo lo empapa e impide descansar; moja la pólvora, atasca en el barro las caballerías y los transportes, y hace mucho más penoso el avance del ejército.

 

Después de estar varias horas sobre las armas, al remitir la lluvia después del amanecer pensamos que no tardaríamos en combatir. Pero no dieron la orden, y poco después nos ordenaron volver a nuestros vivaques.

 

He sabido por nuestros oficiales que en efecto la idea era forzar el cruce. Mientras nosotros, la Vanguardia, distraíamos con nuestra amenaza a los franceses atrincherados cerca del puente sobre el río, nuestros aliados británicos cruzarían por un vado situado frente al pueblo de Cazalegas, una o dos leguas aguas arriba del puente. Pero no ha podido ser porque, según nos dicen, los vados están imposibles a causa de la lluvia. También me han dicho, pero yo no lo vi, que mientras nosotros estábamos listos para el ataque, nuestros dos generales, el bravo Cuesta y el bizarro Wellesley, reconocieron el terreno y la situación,  juzgando imposible la maniobra. Así pues ordenaron que nos retiráramos a nuestros campamentos.

 

Tomando ventaja de esta contrariedad, me ordenó el comandante de mi compañía que me acercara con otros soldados a la villa de Talavera a por pan, del que apenas tenemos, y también a hacer otras pequeñas gestiones delante de los secretarios del Ejército.

 

Ya antes de llegar a los muros de la villa vi algo en lo que ayer no me había fijado. Los franceses que estuvieron por aquí levantaron varios campamentos de chozas, que aún se conservan en pie. Eso no es lo sorprendente, sino la manera en que estas chozas estaban aderezadas. Algunas se cubrían con puertas auténticas; otras tenían muebles, si bien todos destrozados y astillados; no pocas mostraban frente a ellas círculos de ceniza de los que sobresalían restos reconocibles: una rueda, una puerta, una cuna… Mucho me temía que todos esos enseres les habían sido arrebatados a los habitantes de Talavera, y si tenía que juzgar por lo que había visto días antes en la cercana localidad de Calera, aún podrían considerarse con suerte si sólo eso les habían arrebatado.

 

Admiramos al pasar a su lado las dimensiones de una iglesia que se halla extramuros a la villa, rodeada de un fértil y bello prado, con olmos y otros árboles, grandes y robustos, que forman un paseo a un lado y otro de una vereda que corre paralela al Camino Real. No se me hacía difícil que un día como este domingo familias enteras se pararan, al salir de misa, a charlar, como hace la gente en todos los pueblos, y que algunas parejas, como tú y yo hemos hecho tantas veces, pasearan tomadas de la mano desde la iglesia hasta sus casas. Por un momento, si me dieran a elegir, hubiera querido estar de regreso en casa haciendo realidad esa escena.

 

Donde termina este paseo comienza la villa. Entramos por una de sus puertas, y apenas lo hicimos no tardamos en darnos cuenta de lo mal que esta población lo ha pasado a manos de esta peste de franceses que rapiñan nuestros bienes. Si recuerdas lo que te conté de lo que fui testigo en Calera, eso es poco para lo que vimos en Talavera. Había pocas casas en las que no hubieran arrancado las puertas o los postigos de las ventanas ¡e incluso algunas vigas del techo! Seguramente con los que alimentaron las hogueras cuyas cenizas vimos al pasar. Para escarnio de los que así habían sufrido a manos enemigas, llegué a ver una proclama en que cierto general francés pedía a la gente huída de la villa que volviera ¡para evitar destrozos en sus casas! Ni en tierra de infieles se vería una burla así. Incluso por una calle que llaman la Ronda del Cañillo sólo se podía transitar esquivando los riachuelos de vino y aceite derramado por los franceses para que se perdiera mezclado con el agua del río Tajo.

 

Mientras nos admirábamos de tanta devastación, nos encontramos con un grupo de soldados irlandeses, conocidos míos, del regimiento 88º. Su sargento, Lawrence (creo que así se escribe), se asombraba de una desolación que no había visto ni en Portugal ni en Holanda ni tan siquiera en la India. Su asombro aumentó más si cabe cuando, a preguntas de uno de sus oficiales, le traduje el testimonio de uno de los habitantes de la villa: toda esta devastación de una población que antes era bien próspera ha sucedido desde diciembre, fecha en que el primer francés apareció por aquí. Seis meses les han bastado a los gabachos para destruir la riqueza acumulada en generaciones. ¡Y qué no harían si les dejamos la mano libre!

 

Estuvimos un rato dando vueltas con nuestros amigos británicos. Vimos por todas partes las mismas escenas que ya te he descrito. Sobre todo en las casas de los arrabales fuera de las murallas.

 

Al cabo nos despedimos de ellos para obtener el pan que andábamos buscando. Comenzamos por una tahona que nos habían señalado en la calle del Sol, pero allí apenas había nada que tomar. De allí nos enviaron a otra casa, y de ésta a una tercera, y en ningún lugar había gran cosa que comprar. Ni a precio de oro. Al cabo, y después de mucho preguntar, los hermanos frailes de San Francisco que cuidan de una iglesia llamada de Santa Leocadia pudieron darnos algo de pan de su propio horno conventual. Otro poco lo compramos, y caro que fue, de lo que unos ingleses dejaron en una tahona de la que llaman Cañada de los Alfares, ya en las afueras de la villa. Así, volvimos con los compañeros con una cosecha de pan bien magra. Hoy por primera vez, desde que salimos de Almaraz, hemos malcomido. Y no es que antes tuviéramos banquetes diarios.

 

Me puedo figurar la angustia que te ha debido entrar al leer estas líneas. Y también me puedo figurar que tu primer impulso, movido de tu generoso corazón, será el de correr a ver qué puedes conseguir de comida para enviárnoslo a nosotros. Querida Carmen, no lo hagas. Es muy posible que no nos llegue absolutamente nada porque sea requisado o incluso comido por el camino. Por tanto el esfuerzo que hagas sería baldío.

 

Lamento mucho terminar de esta manera tan poco alegre esta carta. Prefiero no seguir escribiendo o al final me van a ganar los sentimientos de tristeza. Adiós, Carmen. Reza por todos nosotros. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

 

Más tarde, desde el mismo campamento:

 

Nuestros oficiales nos dicen que mañana sí cruzaremos el río Alberche en persecución de los franceses. Por fin se acaba nuestro descanso. Aun con la barriga a medio llenar, el soldado siempre está mejor marchando que descansando.

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jul 22 2009

Cartas a Carmen (IIIª parte): 22 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 22 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Te escribí mi última carta delante de la villa de Talavera, con noticias ciertas de que al día siguiente entraríamos en combate. Comienzo ésta diciéndote que en efecto entramos en combate. Estoy bien; no sufrí herida ni daño alguno. Tampoco ninguno de los amigos y conocidos de los que tengo noticia segura ha sufrido herida como fruto de este combate.

 

Me alegra decirte que en el combate que libramos no sólo salimos intactos sino también victoriosos, de tal manera que hemos forzado al enemigo no sólo a abandonar la villa, sino también a retirarse por el Camino Real hasta detrás del río Alberche, donde en estos momentos aún se encuentran, vigilando el cruce de dicho río por nuestras tropas.

 

Aclarado esto para tu tranquilidad, te contaré ahora con más detalle lo que ha sucedido desde mi última carta, y muy especialmente el combate de ayer, día 22.

 

Nos levantamos y formamos antes del alba, y justo en esos momentos escuchamos a nuestra izquierda disparos. Los franceses, dañinos y malos como son, son también de lo más taimado en el arte de la guerra, y saben ejecutar con buen tino sus maniobras. Resulta que habían atacado a las tropas nuestras que formaban nuestra ala izquierda desde sus puestos tras el pueblo de Gamonal al objeto de reconocer nuestra fuerza, y, supongo, también de amilanarnos en nuestro avance. Llevados por el ímpetu de este ataque, habían avanzado sobre nuestros compañeros dando la impresión de que querían envolvernos por la izquierda. Tarea imposible dado su número y el nuestro, pero la maniobra no era mala en su concepto. Pasada la primera sorpresa, nuestros compañeros se rehicieron y mantuvieron el terreno.

 

Entonces parte la caballería de nuestra división, los dragones de Villaviciosa y los cazadores de España, que desplegaban a vanguardia, anunciaron que también por el Camino Real había movimiento del enemigo para acometernos. Formamos rápidamente la línea de batalla, con mi compañía haciendo de enlace entre los Cazadores de Extremadura a la derecha y los Voluntarios de Valencia y Alburquerque a la izquierda. Como nuestra tropa era más experta que estas dos unidades, se esperaba de nosotros que mantuviéramos el empeño y la unión entre las dos alas de nuestra fuerza, aunque los otros flaquearan.

 

Avanzamos en línea de batalla, ya con luz en el cielo, para acometer a los franceses tras la población de El Casar. No tardamos mucho en tomar contacto con ellos, y de inmediato comenzamos a tirotearnos. Nos habían dicho los oficiales que no era tarea nuestra romper a los gabachos, sino entretenerles mientras la caballería del Duque de Alburquerque, a un lado, y la británica, al otro, los envolvían. Por tanto sostuvimos nuestras líneas mientras paso a paso, y tiro a tiro, empujábamos a los gabachos hasta el lecho de un arroyo, que marca el límite oriental de la villa de Talavera.

 

Al cabo fueron incapaces de aguantar la presión de nuestras fuerzas, y comenzaron a ceder, momento en que la caballería británica los acometió con furia, sellando su retirada.

 

Entramos sin oposición en la villa de Talavera, con las armas al hombro y con nuestros generales a la cabeza. La gente del lugar salió a nuestro paso para vitorearnos y celebrar con gran alegría que al fin habían sido liberados del yugo del invasor. Vi al general Zayas saludar con gran afabilidad incluso a los chiquillos que se acercaban a tocar los arreos de su montura.

 

No obstante, no paramos allí. Seguimos adelante hasta traspasar la localidad, e incluso dejamos atrás una iglesia extramuros que se encuentra a una legua de los muros de Talavera, puesto que era más urgente saber de las posiciones francesas, y ver si se les podía acometer a este lado del río Alberche.

 

Entre la propia villa y el río hay un espacio amplio que está cortado por cercas y por multitud de árboles. Allí se concentró el ejército aliado, fila tras fila de soldados, dando cara al río Alberche tras el cual los franceses se habían refugiado. Aun quedaban muchas horas de luz porque el combate frente a Talavera no duró mucho. Estábamos persuadidos de que nuestros generales aprovecharían el ímpetu del combate de la mañana para lanzarnos de nuevo contra los franceses. Pero parece que la prudencia recomienda otra cosa: no sabemos a ciencia cierta la posición de los cañones franceses; si, como es de sospechar, están cubriendo tanto el puente del Camino Real como los vados, maniobrar contra ellos no será fácil. Además los británicos llevan en marcha desde casi la medianoche, puesto que acamparon cerca de Oropesa, tras una marcha de varias horas combatieron frente a Talavera, y ahora están a nuestra izquierda.

 

Parece que esta noche vamos a acampar a la vista del río hasta tanto nuestros jefes nos digan por dónde y cuándo pasarlo para seguir a los franceses. Es muy posible que mañana veamos otro combate, como el de hoy. Una vez más te digo que la posibilidad de entrar en combate no me asusta ni preocupa, y tampoco la de quedar herido o morir. Espero, de todos modos, que Dios me proteja y la próxima carta te la pueda escribir desde la otra orilla, en el camino a Madrid. Adiós, Carmen. Reza por todos nosotros. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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jul 21 2009

Cartas a Carmen (IIª parte): 21 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Velada, 21 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Te escribí la última vez desde el puente de Almaraz, diciendo que, Dios mediante, la siguiente carta te la escribiría desde el norte del Tajo.  Hoy hace ya tres días que cruzamos el río para iniciar lo que presumo que será una gran ofensiva contra el invasor francés.

 

Mi división cruzó en vanguardia de nuestra infantería, precedidos por exploradores que nos aseguraban que no había rastro de gabachos. Una vez rehechas nuestras filas en la orilla norte del río, seguimos avanzando por el Camino Real, precedidos por patrullas de nuestra caballería. Tras ellos marchamos nosotros, los hombres de la División de Vanguardia del Ejército de Extremadura, con nuestro jefe el brigadier Zayas al frente; y no hay en todo nuestro ejército un general tan bravo y tan leído como el nuestro, por lo que nuestro ánimo y confianza era alto. Caminábamos en demanda de La Calzada de Oropesa. Nos dijeron que allí se unirían a nosotros las tropas del Duque de Alburquerque, que venían desde El Puente del Arzobispo, y lo mismo las tropas británicas del general Wellington, que venían desde Plasencia por Jaraiz de la Vera.

 

La primera noche acampamos en Peraleda de la Mata. En el segundo día llegamos a La Calzada, con nuestra caballería en la cercana localidad de Oropesa, que es una villa grande con un castillo que domina el Camino Real. Allí acampamos y se produjo en efecto la reunión de los tres cuerpos del ejército aliado. Allí volví a encontrar caras conocidas; de entre ellos, los bravos irlandeses del regimiento 88º de a pie, gente ruda y malhablada, pero de una bravura sin paralelo.

 

No tuvimos mucho tiempo para charlar porque hoy por la mañana reanudamos la marcha. Llegamos al pueblo de Calera, a tres leguas de Talavera. Allí los gabachos habían dejado otra vez las huellas de su maldita presencia en nuestra tierra. Según nos dijeron varios paisanos, hace pocas semanas, con la excusa de la presencia de nuestras guerrillas, aprovecharon para quemar toda una hilera de casas en la calle que a su vez es parte del Camino Real que lleva a Guadalupe, después de saquear y destrozar otras. Destruyeron lagares, bodegas y graneros. Lo que no consumieron, tras beber como animales, lo echaron a perder desparramándolo por el suelo. No respetaron, como ya es su nefanda costumbre, ni los lugares sagrados. Cerca del Ayuntamiento hay una iglesia a la que despojaron de sus ornamentos sagrados. En la plaza frente a los dos edificios había una pila de papeles a medio quemar: los libros de acuerdos del Ayuntamiento y las actas parroquiales. Los vecinos de este lugar hablaban y no paraban de la violencia que también sufrieron ellos en sus personas y no sólo en sus bienes. Hay en el cementerio de Calera varias tumbas recientes que dan testimonio de que no exageran ni se lamentan por dar pena.

 

Puedes fácilmente imaginarte lo mucho que nos enardecieron estas palabras, especialmente a los de mi compañía. Como todos somos de este mismo país, no nos fue difícil imaginarnos nuestros propios lugares de esta misma manera, expuestos a la rapiña y al capricho del invasor. La moral de la tropa ha sido alta desde que cruzamos el Tajo; al saber de los males de Calera, además, nos sentimos inflamados por el deseo de entrar cuanto antes a los gabachos y hacerles pagar su maldad. Quien a hierro mata a hierro muere.

 

Pasado el pueblo de Calera encontramos por fin a los franceses. Nuestra caballería se tiroteó con ellos, y retrocedieron de inmediato hasta los pueblos cercanos de Gamonal y El Casar. Nos dijeron que nos apresuráramos a apoyar a nuestra caballería, pero para cuando llegamos el enemigo se retiraba ya. Hubo algún cruce de tiros, pero el caso es que los franceses se retiraron del pueblo de Gamonal, y creo que también del otro pueblo. Cuando comencé esta carta todavía nos llegaba el sonido de los tiros que nuestra caballería cruzaba con las vanguardias francesas que se desplegaban tras los pueblos citados, poco antes, como a una legua o menos, de la villa de Talavera.

 

Todo parece indicar, entonces, que mañana al alba atacaremos a los franceses en esas posiciones. Tanto si luchan delante de ella como si se hacen fuertes entre sus muros, todos sospechamos que habrá lucha. Creo por tanto que nuevamente ha llegado el momento supremo en que vamos a entrar en combate mis camaradas y yo.

 

No creo que mañana la suerte de nuestras armas haya de ser desfavorable. El invasor francés tiene menos soldados que los que reúnen los aliados; quizá sólo pretende pelear mañana por el honor de sus armas y por no decir que han abandonado la villa sin un disparo. No te oculto que eso nos vendría bien. Los más bisoños de entre nuestros soldados no tienen su destreza como militares a la misma altura que su valor y entusiasmo, de manera que un combate así podría templar su habilidad y su coraje.

 

Aunque bien sabemos que hay en este ejército un núcleo de tropas veteranas bien asentadas y adiestradas, y además con ganas de pelear. Unos porque vivieron el combate de Medellín, y desean vengar la suerte de nuestras armas en aquella batalla. Otros porque no lo vivieron y desean igualmente restañar el honor de este ejército. Yo estoy entre los del segundo grupo puesto que no me cupo el destino de estar presente en aquella jornada del mes de marzo pasado. Contamos además con la intrepidez e inteligencia de nuestros generales, en las cuales descansamos todos con la confianza que merecen su veteranía y saber del arte de la guerra. Por eso mañana marcharé confiado al combate.

 

Pero basta una bala para herir o terminar con una vida; eso lo sabemos todos. No me quejo de mi suerte: soy un soldado, y no le temo a la muerte; ni como militar, pues moriría cumpliendo con mi deber; ni como cristiano, pues que la defensa de nuestras propiedades y nuestra libertades es un derecho que viene de Dios.

 

Tengo que despedirme. Adiós, Carmen. Mañana durante la batalla pensaré en ti y en el hogar que protejo. Reza por nosotros, que lo necesitaremos. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

 

Más tarde desde el mismo campamento:

 

Hace unos instantes nuestros oficiales nos han dicho que es seguro que mañana entraremos en combate contra los franceses puesto que se mantienen en sus posiciones. Termino de escribirte. Entrego esta carta al capellán del regimiento de Irlanda por si yo no pudiera hacerla llegar tras la batalla.

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jul 17 2009

Cartas a Carmen (Iª parte): 17 de julio de 1809

Publicado por en Cartas a Carmen

Campamento de Almaraz, 17 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Hace ya varios días desde la última vez que te escribí, el día 9 del corriente si no me falla la memoria. Estaba entonces con mi regimiento en Casas del Puerto, cerca de Miravete. Allí se encontraba el cuartel general de nuestro ejército, y allí se concentraba parte del mismo, a las órdenes del bizarro y bravo general Cuesta. Recordarás que cuando te escribí estaba próximo el encuentro entre nuestro general y el general británico sir Arthur Wellesley, y también que dábamos por cierto que en breve tras la entrevista comenzaríamos la nueva campaña contra los franceses en conjunción con nuestros aliados.

 

No llegué a tiempo de contarte que fue entonces cuando por primera vez conocí a militares ingleses, y hablé con ellos.

 

No sabría pintarte lo lucido y marcial que se presenta a nuestros ojos el ejército de nuestros aliados. Ellos vienen de un país que no lleva meses devastado por la guerra como el nuestro, y se nota en lo bien que visten y lo bien equipados que marchan. Pienso incluso que no es poco el equipo que llevamos nosotros a cuestas que está hecho en Inglaterra. ¡Y gracias que lo tenemos! Ahora bien, si piensas que con su aspecto de señoritos estos británicos son soldados de salón, piensa que estos mismos soldados son los que han echado a Soult y a sus tropas de sus posiciones en Oporto. ¡Los soldados de Soult, los que maniobraron en el Pratzen contra los dos emperadores!

 

Nosotros no marchamos tan lucidos y bien vestidos. Ya antes del 28 de marzo era mucho el material y el equipo que habíamos perdido en los combates contra el invasor, y no hay de donde reponerlo. Si no fuera por la generosidad de las mujeres de Sevilla y de Badajoz, cuyas manos han hecho las prendas que llevamos, quizá la mitad de nuestro ejército marcharía hoy sin ropa que les identifique como los soldados que son.

 

Aunque sentimos vivamente nuestra situación, no perdemos la cara cuando hablamos con nuestros aliados, ni nos avergonzamos de nuestra situación. Pues en estas ropas raídas que vestimos, y en estas prendas que quieren ser uniforme sin terminar de serlo mostramos cuanto sacrificio hemos hecho y seguimos haciendo por nuestra Religión, por nuestra Patria, y por el rey don Fernando.

 

Estoy persuadido de que ellos lo entienden. Te lo digo con conocimiento; tantas veces que me decían que hablar (un poco) la lengua inglesa no me sería de utilidad, y resulta que ahora puedo hablar con nuestros aliados en su propia lengua de tal manera que podemos charlar como viejos camaradas. Sé porque ellos me lo han dicho que admiran el coraje con el que nuestra nación se opone a la tiranía del invasor francés.

 

Tras la entrevista supimos de seguro que íbamos a comenzar una campaña contra los franceses. Por ello de Casas del Puerto marchamos al puente de Almaraz, donde desde hace días nos hallamos todos los hombres asignados a la Vanguardia del ejército. Te escribo a la vista de los restos del puente, volado hace unos meses por esos cornudos de franceses. Nuestros oficiales nos dicen que estamos a la espera de que lleguen hasta aquí los elementos de un puente de pontones. Una vez estén aquí, los ingenieros lo tenderán a través del Tajo, y acto seguido lo cruzaremos. No parece una maniobra muy peligrosa, toda vez que no se señala presencia de gabachos de aquí a Navalmoral de la Mata, y eso son varias leguas.

 

Si Dios lo quiere, la próxima carta te la escribiré desde la otra orilla del río Tajo. ¡Quién sabe! Si aparecen gabachos incluso puede que te escriba el relato del primer combate de esta campaña. Por ahora, adiós, querida Carmen. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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