Le respondo al amigo Rubén a través de este post, ya que no tengo usuario de Blogspot y no puedo dejar comentarios (incidentalmente, si alguien lee a un tal “Bazán” en BlogBis, ése soy yo; y por favor no me confundan con Javier Bazán Aguirre).
La cita, en lugar castizo, el “Oso y Madroño” que decora la Puerta del Sol a las espaldas del rey Carlos III. Aproveché para contarle a Rubén la teoría acerca del posible origen toledano del escudo de Madrid. La heráldica es una de mis aficiones, como muchos saben, aunque no pase de ser un aficionadillo.
A continuación traté de que catara la sidra de barril. Y es que no hay argentino que conozca al que no le guste la sidra de barril española. Me pregunto si lo dará su tierra. Ante el fiasco de encontrar cerrado el local elegido (ay, Nochevieja, se me había olvidado), pensé en principio en llevarle a un local asturiano cerca de allí, donde sirven sidra de la otra, la artesanal. Tampoco hay argentino que haya estado conmigo en Madrid al que el sitio no le haya gustado y no se haya puesto las botas con la sidra y el chorizo. Pero era hacerle andar demasiado, y a mí lo que me pedía el cuerpo, después de por fin conocer a Rubén, era charlar un rato. Así pues nos llegamos a una inmediata chocolatería, quizá la de mayor éxito de Madrid (y, en efecto, cuando salimos de allí, había cola de gente por entrar), a tiro de piedra de la plaza del Callao y la casa natal del general Torrijos, y nos tomamos un chocolate bien espeso. La conversación en torno al chocolate caliente tuvo un cierto saber añejo. Por un momento aquello me recordó a la tertulias de café del Madrid del XIX. Quizá por eso la conversación viajó hacia atrás en el tiempo.
Se pasó el rato volando. Me pasa a menudo cuando tengo un interlocutor inteligente en una conversación bien argumentada. Se me hizo corta la charla, por lo que espero poder retomarla más bien pronto que tarde. Y, en fin, todas las cosas buenas se acaban: Rubén fue a buscar a su familia (por cierto, impresionado me dejó la capacidad de ahorro de su hijo; ojalá los ministros de economía de todo el mundo fueran igual de responsables), y yo a la mía.
La anécdota de la conversación. Mencioné que tengo planes para regresar a Argentina y para visitar el interior. En particular, quiero visitar la reserva de pingüinos, y así se lo dije. Rubén cambió la cara y me respondió: “No me hables de pingüinos, por favor…” Y al principio no caí en la cuenta del porqué. Luego me di cuenta, y me reí.
Respecto a la Unidad Didáctica, me siento tentado de preguntarle cuánto cree que costó, incluyendo un equipo de investigadores de ocho personas (con dedicación a tiempo parcial, claro), el trabajo de un fin de semana completo de un equipo de rodaje de tres personas, de un montaje posterior que tuvo tres semanas de trabajo muy duro, y de un programador profesional para el CD. Pista: la cantidad es ridícula. Sale a una cantidad de euros/hora que en mi convenio laboral sería considerada poco menos que sueldo de esclavos. Ah, pero había ganas de hacer un buen trabajo, eso sí que era abundante.
Me agrada pensar que en esta época de aniversarios que nos toca (por gracias de Dios) vivir, y en la que gira la historia de Europa y América como sobre un gozne, pasando de las “patrias viejas” a las “patrias nuevas”, el equipo de trabajo de la Unidad Didáctica (que además sigue en pie y laborando nuevos proyectos) haya podido aportar su granito de arena al conocimiento de los hechos de la época.
En ese sentido, me alegro de que le gustara la exposición. Es de las pocas cosas presentables que se han hecho este pasado año del bicentenario. Otras exposiciones y otras conmemoraciones se han convertido en humo de paja.
Espero que su estancia en Madrid haya sido provechosa. Aunque a mí me supo a poco; me quedo con ganas de seguir la conversación en otro momento. En torno a unas botellas de Mahon, a un chocolate espeso, o a unas sidras de barril con ración de pimientos de Padrón como compañía.
Es impresionante esto de Internet, cuando se usa para bien. Reencuentras amigos, y haces nuevas amistades (aquí, aquí y aquí) que trascienden las limitaciones de la distancia.
Actualizado: faltaba incluir la foto del encuentro, cortesía de Rubén.
