jul 21 2009

Cartas a Carmen (IIª parte): 21 de julio de 1809

Publicado por a las 10:30 en Cartas a Carmen

Campamento de Velada, 21 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Te escribí la última vez desde el puente de Almaraz, diciendo que, Dios mediante, la siguiente carta te la escribiría desde el norte del Tajo.  Hoy hace ya tres días que cruzamos el río para iniciar lo que presumo que será una gran ofensiva contra el invasor francés.

 

Mi división cruzó en vanguardia de nuestra infantería, precedidos por exploradores que nos aseguraban que no había rastro de gabachos. Una vez rehechas nuestras filas en la orilla norte del río, seguimos avanzando por el Camino Real, precedidos por patrullas de nuestra caballería. Tras ellos marchamos nosotros, los hombres de la División de Vanguardia del Ejército de Extremadura, con nuestro jefe el brigadier Zayas al frente; y no hay en todo nuestro ejército un general tan bravo y tan leído como el nuestro, por lo que nuestro ánimo y confianza era alto. Caminábamos en demanda de La Calzada de Oropesa. Nos dijeron que allí se unirían a nosotros las tropas del Duque de Alburquerque, que venían desde El Puente del Arzobispo, y lo mismo las tropas británicas del general Wellington, que venían desde Plasencia por Jaraiz de la Vera.

 

La primera noche acampamos en Peraleda de la Mata. En el segundo día llegamos a La Calzada, con nuestra caballería en la cercana localidad de Oropesa, que es una villa grande con un castillo que domina el Camino Real. Allí acampamos y se produjo en efecto la reunión de los tres cuerpos del ejército aliado. Allí volví a encontrar caras conocidas; de entre ellos, los bravos irlandeses del regimiento 88º de a pie, gente ruda y malhablada, pero de una bravura sin paralelo.

 

No tuvimos mucho tiempo para charlar porque hoy por la mañana reanudamos la marcha. Llegamos al pueblo de Calera, a tres leguas de Talavera. Allí los gabachos habían dejado otra vez las huellas de su maldita presencia en nuestra tierra. Según nos dijeron varios paisanos, hace pocas semanas, con la excusa de la presencia de nuestras guerrillas, aprovecharon para quemar toda una hilera de casas en la calle que a su vez es parte del Camino Real que lleva a Guadalupe, después de saquear y destrozar otras. Destruyeron lagares, bodegas y graneros. Lo que no consumieron, tras beber como animales, lo echaron a perder desparramándolo por el suelo. No respetaron, como ya es su nefanda costumbre, ni los lugares sagrados. Cerca del Ayuntamiento hay una iglesia a la que despojaron de sus ornamentos sagrados. En la plaza frente a los dos edificios había una pila de papeles a medio quemar: los libros de acuerdos del Ayuntamiento y las actas parroquiales. Los vecinos de este lugar hablaban y no paraban de la violencia que también sufrieron ellos en sus personas y no sólo en sus bienes. Hay en el cementerio de Calera varias tumbas recientes que dan testimonio de que no exageran ni se lamentan por dar pena.

 

Puedes fácilmente imaginarte lo mucho que nos enardecieron estas palabras, especialmente a los de mi compañía. Como todos somos de este mismo país, no nos fue difícil imaginarnos nuestros propios lugares de esta misma manera, expuestos a la rapiña y al capricho del invasor. La moral de la tropa ha sido alta desde que cruzamos el Tajo; al saber de los males de Calera, además, nos sentimos inflamados por el deseo de entrar cuanto antes a los gabachos y hacerles pagar su maldad. Quien a hierro mata a hierro muere.

 

Pasado el pueblo de Calera encontramos por fin a los franceses. Nuestra caballería se tiroteó con ellos, y retrocedieron de inmediato hasta los pueblos cercanos de Gamonal y El Casar. Nos dijeron que nos apresuráramos a apoyar a nuestra caballería, pero para cuando llegamos el enemigo se retiraba ya. Hubo algún cruce de tiros, pero el caso es que los franceses se retiraron del pueblo de Gamonal, y creo que también del otro pueblo. Cuando comencé esta carta todavía nos llegaba el sonido de los tiros que nuestra caballería cruzaba con las vanguardias francesas que se desplegaban tras los pueblos citados, poco antes, como a una legua o menos, de la villa de Talavera.

 

Todo parece indicar, entonces, que mañana al alba atacaremos a los franceses en esas posiciones. Tanto si luchan delante de ella como si se hacen fuertes entre sus muros, todos sospechamos que habrá lucha. Creo por tanto que nuevamente ha llegado el momento supremo en que vamos a entrar en combate mis camaradas y yo.

 

No creo que mañana la suerte de nuestras armas haya de ser desfavorable. El invasor francés tiene menos soldados que los que reúnen los aliados; quizá sólo pretende pelear mañana por el honor de sus armas y por no decir que han abandonado la villa sin un disparo. No te oculto que eso nos vendría bien. Los más bisoños de entre nuestros soldados no tienen su destreza como militares a la misma altura que su valor y entusiasmo, de manera que un combate así podría templar su habilidad y su coraje.

 

Aunque bien sabemos que hay en este ejército un núcleo de tropas veteranas bien asentadas y adiestradas, y además con ganas de pelear. Unos porque vivieron el combate de Medellín, y desean vengar la suerte de nuestras armas en aquella batalla. Otros porque no lo vivieron y desean igualmente restañar el honor de este ejército. Yo estoy entre los del segundo grupo puesto que no me cupo el destino de estar presente en aquella jornada del mes de marzo pasado. Contamos además con la intrepidez e inteligencia de nuestros generales, en las cuales descansamos todos con la confianza que merecen su veteranía y saber del arte de la guerra. Por eso mañana marcharé confiado al combate.

 

Pero basta una bala para herir o terminar con una vida; eso lo sabemos todos. No me quejo de mi suerte: soy un soldado, y no le temo a la muerte; ni como militar, pues moriría cumpliendo con mi deber; ni como cristiano, pues que la defensa de nuestras propiedades y nuestra libertades es un derecho que viene de Dios.

 

Tengo que despedirme. Adiós, Carmen. Mañana durante la batalla pensaré en ti y en el hogar que protejo. Reza por nosotros, que lo necesitaremos. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

 

Más tarde desde el mismo campamento:

 

Hace unos instantes nuestros oficiales nos han dicho que es seguro que mañana entraremos en combate contra los franceses puesto que se mantienen en sus posiciones. Termino de escribirte. Entrego esta carta al capellán del regimiento de Irlanda por si yo no pudiera hacerla llegar tras la batalla.

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