jul 23 2009

Cartas a Carmen (IVª parte): 23 de julio de 1809

Publicado por a las 10:30 en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 23 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Te escribí mi última carta desde la villa de Talavera, a la vista del río Alberche, cuyo cruce en armas para seguir combatiendo a los franceses dábamos como cierto. Esta nueva carta está escrita desde el mismo lugar, puesto que nuestras esperanzas para el combate han sido vanas.

 

Nos levantamos antes del alba. Llovía de nuevo sobre nosotros, como en días pasados, pero no de forma que impidiera iniciar batalla. No hay peor enemigo para el infante que la lluvia: cuando marchas no puedes protegerte de ella y cuando acampas todo lo empapa e impide descansar; moja la pólvora, atasca en el barro las caballerías y los transportes, y hace mucho más penoso el avance del ejército.

 

Después de estar varias horas sobre las armas, al remitir la lluvia después del amanecer pensamos que no tardaríamos en combatir. Pero no dieron la orden, y poco después nos ordenaron volver a nuestros vivaques.

 

He sabido por nuestros oficiales que en efecto la idea era forzar el cruce. Mientras nosotros, la Vanguardia, distraíamos con nuestra amenaza a los franceses atrincherados cerca del puente sobre el río, nuestros aliados británicos cruzarían por un vado situado frente al pueblo de Cazalegas, una o dos leguas aguas arriba del puente. Pero no ha podido ser porque, según nos dicen, los vados están imposibles a causa de la lluvia. También me han dicho, pero yo no lo vi, que mientras nosotros estábamos listos para el ataque, nuestros dos generales, el bravo Cuesta y el bizarro Wellesley, reconocieron el terreno y la situación,  juzgando imposible la maniobra. Así pues ordenaron que nos retiráramos a nuestros campamentos.

 

Tomando ventaja de esta contrariedad, me ordenó el comandante de mi compañía que me acercara con otros soldados a la villa de Talavera a por pan, del que apenas tenemos, y también a hacer otras pequeñas gestiones delante de los secretarios del Ejército.

 

Ya antes de llegar a los muros de la villa vi algo en lo que ayer no me había fijado. Los franceses que estuvieron por aquí levantaron varios campamentos de chozas, que aún se conservan en pie. Eso no es lo sorprendente, sino la manera en que estas chozas estaban aderezadas. Algunas se cubrían con puertas auténticas; otras tenían muebles, si bien todos destrozados y astillados; no pocas mostraban frente a ellas círculos de ceniza de los que sobresalían restos reconocibles: una rueda, una puerta, una cuna… Mucho me temía que todos esos enseres les habían sido arrebatados a los habitantes de Talavera, y si tenía que juzgar por lo que había visto días antes en la cercana localidad de Calera, aún podrían considerarse con suerte si sólo eso les habían arrebatado.

 

Admiramos al pasar a su lado las dimensiones de una iglesia que se halla extramuros a la villa, rodeada de un fértil y bello prado, con olmos y otros árboles, grandes y robustos, que forman un paseo a un lado y otro de una vereda que corre paralela al Camino Real. No se me hacía difícil que un día como este domingo familias enteras se pararan, al salir de misa, a charlar, como hace la gente en todos los pueblos, y que algunas parejas, como tú y yo hemos hecho tantas veces, pasearan tomadas de la mano desde la iglesia hasta sus casas. Por un momento, si me dieran a elegir, hubiera querido estar de regreso en casa haciendo realidad esa escena.

 

Donde termina este paseo comienza la villa. Entramos por una de sus puertas, y apenas lo hicimos no tardamos en darnos cuenta de lo mal que esta población lo ha pasado a manos de esta peste de franceses que rapiñan nuestros bienes. Si recuerdas lo que te conté de lo que fui testigo en Calera, eso es poco para lo que vimos en Talavera. Había pocas casas en las que no hubieran arrancado las puertas o los postigos de las ventanas ¡e incluso algunas vigas del techo! Seguramente con los que alimentaron las hogueras cuyas cenizas vimos al pasar. Para escarnio de los que así habían sufrido a manos enemigas, llegué a ver una proclama en que cierto general francés pedía a la gente huída de la villa que volviera ¡para evitar destrozos en sus casas! Ni en tierra de infieles se vería una burla así. Incluso por una calle que llaman la Ronda del Cañillo sólo se podía transitar esquivando los riachuelos de vino y aceite derramado por los franceses para que se perdiera mezclado con el agua del río Tajo.

 

Mientras nos admirábamos de tanta devastación, nos encontramos con un grupo de soldados irlandeses, conocidos míos, del regimiento 88º. Su sargento, Lawrence (creo que así se escribe), se asombraba de una desolación que no había visto ni en Portugal ni en Holanda ni tan siquiera en la India. Su asombro aumentó más si cabe cuando, a preguntas de uno de sus oficiales, le traduje el testimonio de uno de los habitantes de la villa: toda esta devastación de una población que antes era bien próspera ha sucedido desde diciembre, fecha en que el primer francés apareció por aquí. Seis meses les han bastado a los gabachos para destruir la riqueza acumulada en generaciones. ¡Y qué no harían si les dejamos la mano libre!

 

Estuvimos un rato dando vueltas con nuestros amigos británicos. Vimos por todas partes las mismas escenas que ya te he descrito. Sobre todo en las casas de los arrabales fuera de las murallas.

 

Al cabo nos despedimos de ellos para obtener el pan que andábamos buscando. Comenzamos por una tahona que nos habían señalado en la calle del Sol, pero allí apenas había nada que tomar. De allí nos enviaron a otra casa, y de ésta a una tercera, y en ningún lugar había gran cosa que comprar. Ni a precio de oro. Al cabo, y después de mucho preguntar, los hermanos frailes de San Francisco que cuidan de una iglesia llamada de Santa Leocadia pudieron darnos algo de pan de su propio horno conventual. Otro poco lo compramos, y caro que fue, de lo que unos ingleses dejaron en una tahona de la que llaman Cañada de los Alfares, ya en las afueras de la villa. Así, volvimos con los compañeros con una cosecha de pan bien magra. Hoy por primera vez, desde que salimos de Almaraz, hemos malcomido. Y no es que antes tuviéramos banquetes diarios.

 

Me puedo figurar la angustia que te ha debido entrar al leer estas líneas. Y también me puedo figurar que tu primer impulso, movido de tu generoso corazón, será el de correr a ver qué puedes conseguir de comida para enviárnoslo a nosotros. Querida Carmen, no lo hagas. Es muy posible que no nos llegue absolutamente nada porque sea requisado o incluso comido por el camino. Por tanto el esfuerzo que hagas sería baldío.

 

Lamento mucho terminar de esta manera tan poco alegre esta carta. Prefiero no seguir escribiendo o al final me van a ganar los sentimientos de tristeza. Adiós, Carmen. Reza por todos nosotros. Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

 

Más tarde, desde el mismo campamento:

 

Nuestros oficiales nos dicen que mañana sí cruzaremos el río Alberche en persecución de los franceses. Por fin se acaba nuestro descanso. Aun con la barriga a medio llenar, el soldado siempre está mejor marchando que descansando.

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