jul 30 2009

Cartas a Carmen (VIIIª parte): 30 de julio de 1809

Publicado por a las 21:30 en Cartas a Carmen

Campamento de Talavera de la Reyna, 30 de julio de 1809

 

Querida Carmen:

 

Ayer me encontraba fatigado después del esfuerzo de la batalla, y por ello mi cabeza no estaba del todo despejada para poder relatarte lo que sucedió aquí hace dos días. Excúsame por ello. Me pareció importante, y me lo sigue pareciendo, enviarte noticias cuanto antes de la victoria y de mi estado de salud, antes que hacerte un relato claro del combate.

 

Hoy seguimos acampados en Talavera descansando aún del esfuerzo de la batalla, y procurando comer algo, cosa que no es fácil en una tierra que ya antes de la batalla se encontraba en una situación muy miserable. En cuanto hayamos descansado y comido algo, nos dicen que volveremos a perseguir a los franceses. Solo que ahora, tras haberlos derrotado, dudo que paremos aunque nos presenten cara en otra parte. Nos dicen además que las tropas del general Venegas están frente a Toledo. Eso hace 15.000 soldados más cerca de nosotros. Por su parte, los británicos recibieron ayer por la mañana el refuerzo de una brigada completa. Con estas fuerzas podemos fácilmente derrotar a los gabachos que hay de aquí a Madrid.

 

Pero en tanto estas cosas se hacen evidentes, nosotros, la tropa, estamos más preocupados por descansar y restañar las heridas que el combate ha dejado en nuestras filas. En esta parte los británicos tienen más daño que nosotros. Ellos han sufrido miles de bajas. Causa espanto ver la continua procesión de soldados heridos siendo transportados en carretas, o ayudados por sus compañeros, camino de la villa. No me he acercado por ella desde la batalla. Otros compañeros sí lo han hecho, y cuentan que por todas partes hay heridos, y que incluso hay calles por las cuales transitar es difícil porque los soldados se encuentran tendidos fuera de las casas, tan grande es su número.

 

Por si eso fuera poco, hay centenares de muertos tendidos aquí y allá, donde cayeron heridos, o donde sus camaradas los arrastraron pensado en salvarles. En algunos sectores son tantos que los ingleses han recibido orden de no enterrarlos sino de incinerarlos.

 

¿Te creerás que pese a la pena de ver tantos camaradas caídos no he visto ni a un solo británico que haya perdido la moral? Muy al contrario, con una bravuconería casi insolente (si no fuera porque han demostrado más que de sobras su valor y coraje), se consideran capaces de echar a patadas a Victor hasta el Ebro. A nosotros nos pasa lo mismo, si bien para nosotros la victoria no ha sido amargada por tantas bajas como las suyas.

 

Pero basta ya de estas escenas, que bastante horribles son de ver como para demás relatarlas. Quiero ahora contarte mejor cómo fue la gloriosa victoria de nuestras armas.

 

Cuando el día 27 cruzamos de nuevo el Alberche yo estaba persuadido de que ocuparíamos las posiciones frente a los vados de este río, a fin de prevenir el cruce de los franceses. Si ellos nos habían retenido dos días frente a los mismos por la dificultad de cruzar frente a un enemigo, no había razón para que nosotros no hiciéramos lo mismo. Pero nos ordenaron que, después de cruzar, nos dirigiéramos a un punto cercano a un cauce llamado Portiña, a dos o tres leguas del Camino Real. Al principio lo juzgamos una locura, pero entonces nuestro coronel, don Juan Chacón, dijo que era una magnífica idea: si guarnecemos los vados una corta fuerza enemiga se basta para sostenerse frente a ellos mientras los demás quedan libres para otra maniobra. Por el contrario, al desplegar a distancia del río, quedan obligados a cruzar y a presentar batalla.

 

Animados por esta opinión favorable, marchamos más contentos a ocupar nuestra posición en la línea de batalla, en el centro mismo del ejército aliado. A nuestra derecha quedaba un espacio como de 1500 varas hasta la villa misma de Talavera, y de la misma al río Tajo unas 750 varas más. Todo éste era el frente que defendían nuestras tropas, desplegados en campo abierto y por delante de las murallas de la villa misma. El terreno por delante de nosotros era llano, si bien cortado por cercas y pequeños bosques de olivos y alcornoques. A nuestra izquierda había un reducto que los ingenieros ingleses habían completado con trincheras, zanjas y otras trampas, alrededor de un edificio que allí había, y que llaman Pajar de Vergara. En dicha posición se habían situado unos quince cañones de tres baterías, dos británicas, y una española. Antes de este reducto finalizaban las líneas de nuestro ejército y comenzaban las de nuestros aliados.

 

Justo en el punto del reducto el cauce del Portiña hace una curva para ir a morir al Tajo detrás de la villa, de manera que nosotros teníamos el arroyo a nuestras espaldas, en tanto que en todo el frente de los británicos, excepto en el reducto del Pajar, el agua los separaba de los franceses. No creas que era un obstáculo serio: por todas partes puede vadearse sin que una formación de combate se descomponga. Por detrás del cauce la línea británica  se prolongaba en dirección norte hasta una altura que dominaba el terreno de alrededor, y de la altura situada frente a él, al otro lado del Portiña. Desde el Pajar hasta el cerro hay una distancia de quizá media legua. Ése era el frente que cubrían las tropas de nuestros aliados. Más al norte del cerro hay un valle llano y sin obstáculos porque es tierra de labranza. Al norte este valle queda cerrado por una cadena de montes más escarpados. Ni en el valle ni en estos momentos se desplegó ninguna tropa. Por lo que tengo oído, el plan de batalla entero era fruto de la mente del general Wellesley, y éste no consideró oportuno cubrir ese terreno, en la inteligencia de que los franceses tratarían de atacarnos justo en el centro, donde se levanta el reducto. Esto lo hemos sabido después; de haberlo sabido entonces no hubiera sido tan ufano nuestro despliegue.

 

Nuestra división fue colocada en segunda línea de nuestro ejército, detrás de la Tercera de infantería, dejando entre una y otra división el cauce del Portiña. A diferencia del combate del día 22 era el nuestro uno de los cuerpos bisoños, por lo que desplegamos con los regimientos de Irlanda y de suizos en el centro, los batallones de Truxillo a la derecha y nuestro regimiento a la izquierda.

 

Al caer la tarde escuchamos a nuestra izquierda el inconfundible fragor de una lucha empeñada. Antes, como a media tarde, escuchamos tiros por delante y a nuestra izquierda, pero a más distancia, y además luego se volvió a hacer el silencio. Ahora conocemos que ese tiroteo se debió al combate entre los franceses que cruzaban ya el Alberche y la retaguardia británica que retrasaba su avance para permitir el despliegue de toda nuestra fuerza. Pero el ruido de combate que oímos al caer la tarde era mucho más intenso y se prolongó por más tiempo. Al frente de la Tercera una fuerza de caballería reconoció su posición y hubo disparos, pero esto fue poca cosa comparado con lo que te describo. Se trataba de que los franceses, a traición, pretendían hacerse con el cerro. Y, por supuesto, los británicos lo defendieron con gran ahínco y bravura hasta arrojar a los franceses lejos de esa posición.

 

Dimos por completa la jornada entonces. Grave error. En lo más oscuro de la noche cuando ya la mayor parte dormía, una fuerza francesa muy numerosa acometió el frente de la Tercera, que al no estar alertada, tardó en responder y componer sus líneas. Hubo quien, por ello, determinó que la jornada estaba perdida. Lamento tener que escribir que hubo corazones que flaquearon y huyeron. Pero fueron los menos, pues todos los que aquí estamos sabemos a lo que venimos y nos toca hacer. Al cabo la Tercera formó sus líneas, no sin perder hombres y terreno. Como a su izquierda la brecha parecía mayor, mi regimiento hubo de adelantarse para cerrar el hueco entre el Pajar y la Tercera. Así recibimos el primer plomo de la batalla: de noche, sin ver bien a nuestro enemigo, y en una posición que no era la que nos correspondía. No obstante no fue mucho el daño que recibimos entonces: nuestras líneas se consolidaron, y al ver los franceses nuestra determinación, sin que lo oscuro de la noche les fuera de ayuda, se retiraron. Volvimos entonces a nuestros vivaques, aunque dejando guardia reforzada. Pocos durmieron esa noche. Además, el frío y el suelo húmedo no ayudaban tampoco a conciliar el sueño.

 

Y aquí he de finalizar este relato, que queda inconcluso por miedo a aburrirte con detalles bélicos que si bien son ya parte inseparable de una jornada gloriosa de nuestras armas que rivaliza con las mayores victorias de la historia de España, requieren más espacio del que quiero darle a esta carta. Si me he extendido más de la cuenta, espero que sepas perdonarme. Pero con ello he querido decirte que me he comportado con honor y con vergüenza en esta alta ocasión, para que no tengas que avergonzarte ante nadie, y que si oyes alguna palabra de crítica, puedas decir con orgullo que tu José estuvo allí y cumplió su deber sin desdoro.

 

Tuyo,

 

José

Granadero

1ª compañía del 1er batallón del regimiento de infantería de línea de Voluntarios Leales de Fernando 7º

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