oct 31 2008

De polvos y lodos

Publicado por a las 11:58 en Historia

Amon sufría, como de costumbre, un leve dolor de cabeza y sentía cierta fatiga por el febril insomnio de la madrugada. Pero ahora que estaba allí, experimentaba cierto júbilo profesional. Era un gran don del partido nacional socialista a los hombres de las SS esa posibilidad de entrar en batalla sin riesgo físico, y de alcanzar honores sin los inconvenientes y las incomodidades de recibir un disparo. Era más difícil obtener la impunidad psicológica. Todo oficial de las SS tenía algún amigo que se había suicidado. Los textos de instrucción de las SS, escritos para combatir esas fútiles bajas, señalaban el necio error de creer que un judío, aunque no llevara armas a la vista, estaba desprovisto de armamento social, económico y político. En verdad, estaba armado hasta los dientes. Debéis endureceros, decían los textos, porque un judío es un enemigo mucho más poderoso de lo llegará nunca a ser un ruso; una mujer judía es una biología entera de traiciones, y un niño judío una bomba de tiempo cultural.

Amon Goeth se había endurecido. Se sabía intocable, y la sola idea le daba la deliciosa excitación que puede sentir un corredor de fondo cuando se siente seguro ante una competición. Amon despreciaba cordialmente a los oficiales que dejaban la acción a sus soldados y a sus suboficiales. Sentía que, de algún modo, eso era más peligroso que poner personalmente manos a la obra. Mostraría el camino, como lo había hecho con Diana Reiter. Conocía la euforia que iría en aumento durante el día, y la gratificación que sentiría, junto con el deseo de beber, cuando llegara el mediodía y el ritmo de la acción aumentara. Incluso bajo la sordidez de esas nubes sabía que ese día había de ser uno de los mejores, que cuando fuera viejo y su raza se extinguiera, los jóvenes preguntarían maravillados por días como éste.

Tomado de “La lista de Schindler”, de Thomas Kenneally.

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